Europa

Marisol supo que algo no estaba bien antes, la respiración de Alamos ya no tenía ese ritmo lento y profundo que había tenido otros días, sino uno más pesado, más irregular, como si cada intento le costara un poco más que el anterior, y aunque la herida ya no se veía tan abierta, había algo en él que no mejoraba, algo que no seguía el curso que ella esperaba después de haber hecho todo correctamente.

Caramelo se había acostado junto a él, apoyando la cabeza sobre su pata con una quietud inusual, como si entendiera que no era momento de jugar ni de moverse demasiado.

Charlotte y Adrián estaban cerca, turnándose, atentos a cualquier cambio, y aunque ninguno mencionaba nada alarmante, el silencio entre ellos empezaba a sentirse más largo de lo normal, como si todos estuvieran esperando algo que nadie quería nombrar primero.

“Debería estar mejor,” dijo Marisol finalmente, sin levantar mucho la voz, más como una forma de ordenar sus propios pensamientos que de buscar una respuesta.

Fabián la observó un momento antes de hablar, con esa misma duda contenida que ella estaba intentando ignorar, y cuando respondió lo hizo con cuidado, como si no quisiera empujarla demasiado hacia una conclusión que ambos ya estaban viendo venir.

“Tal vez… necesita algo distinto.”

Marisol levantó la mirada lentamente, dejando que esa idea terminara de asentarse, porque no quería aceptarla de inmediato, pero tampoco podía negarla del todo, y en el fondo sabía que tenía sentido, porque nada de lo que estaba pasando era normal, ni lo había sido desde el principio.

La decisión se tomó rápido, no porque fuera fácil, sino porque no había otra opción que pareciera suficiente, y en ese tipo de momentos quedarse pensando solo hacía que el tiempo se sintiera más corto.

“Iremos y volveremos,” dijo Fabián, aunque ambos sabían que no sería tan simple, porque evaporar hasta Europa no era como moverse dentro de la isla ni siquiera dentro del continente, era un esfuerzo que el cuerpo y la magia resentían por igual, un salto que dejaba a las personas débiles, mareadas, enfermas durante días, y aun así él ya lo había hecho antes.

No, respondio Fabia, evaporar con alguien no me quita energia, solo el viaje. No te va a afectar tanto como a mi, pero si me enfermo demasiado, toma mi bolso, ahi tengo dinero. Busca al profesor

“Cuídenlo,” dijo Marisol mientras se agachaba junto a Alamos y apoyaba la mano sobre su cuello con cuidado, como si pudiera transmitirle algo con ese gesto, como si el simple hecho de tocarlo pudiera mantenerlo presente un poco más.

Caramelo apenas levantó la mirada y volvió a apoyarse, sin moverse de su lado.

Tenemos que salir desde la casa de Pampatar dijo Fabian.

Porque? Pregunto Marisol

Porque necesito un ancla para ahorrar mas energia, un lugar donde halla pasado mas tiempo.

Regresaron a Pampatar y Fabian corrio a buscar un morral diferente al que trae todos los dias.

Toma, pontelo, ayudando a Marisol a subirse una de las aletas del morrar por un brazo.

Si me enfermo demasiado, busca al profesor x, preguntale lo que necesites y vete por el pasaje Intercontinental, pregunta cual te llevara a Bogota. En este morral hay dinero, esta tu pasaporte y tu cedula.

Marisol abrio los ojos tanto como pudo. Mi pasaporte?

Fabian la miro con seriedad.

Toma un vuelo de Bogota a Caracas y de Caracas a la isla, si no conseguimos otra solucion. Estas lista?

Si.

Fabian la tomo de la mano y evaporaron.

El salto fue peor de lo que Marisol esperaba, porque no hubo transición ni tiempo para prepararse, solo una presión que la atravesó por completo, como si el mundo se comprimiera y luego se expandiera de golpe, dejándola sin aire por un instante demasiado largo, y cuando finalmente volvieron a estar en tierra firme, sus piernas no respondieron de inmediato y tuvo que apoyarse para no caer. Fabián llegó primero al suelo, sin desmayarse pero cerca, respirando con dificultad mientras se apoyaba contra la pared más cercana para sostenerse.

El castillo apareció ante ellos anclado en las montanas verdes de picos blancos, rodeados de un pueblo que parecia flotar sobre las colinas y alguna que otra casa escondita detras de las nubes. Marisol no se detuvo a observarlo ni a dejarse envolver por su silencio, porque todo en ella seguía enfocado en una sola cosa. Recorrieron los pasillos con una velocidad intermitente, aveces corriendo, aveces esperando a que fabian se recuperara. Encontraron al profesor Samaras en uno de los salones laterales, rodeado de libros abiertos y frascos que contenían cosas que ella no reconoció de inmediato, aunque él no pareció sorprendido de verlos así.

El salto los dejó sin aire por un instante demasiado largo, como si el cuerpo necesitara recordar cómo existir otra vez después de haber sido comprimido y soltado de golpe, y cuando finalmente pudieron sostenerse, Marisol apoyó la mano contra la piedra del arco bajo el que habían llegado, sintiendo la superficie fría mientras intentaba estabilizar la respiración, todavía con esa sensación extraña en el pecho que no terminaba de irse.

Era la primera vez que estaba ahí.

Y lo sintió antes de verlo por completo.

Cuando levantó la mirada, el castillo se extendía frente a ella, más grande de lo que había imaginado, pero no de una forma imponente o distante, sino viva, como si cada torre, cada ventana, cada detalle hubiera sido construido con intención, y por un momento se quedó quieta, observando cómo la luz caía sobre las piedras, cómo los caminos se abrían hacia distintos espacios, cómo todo parecía conectado, como si no fuera solo un lugar para estudiar, sino un mundo entero dentro de otro.

Era más de lo que esperaba.

Mucho más.

Y por primera vez, entendió lo que significaba venir ahí, no solo como una obligación o una decisión pendiente, sino como algo real, algo que tenía peso, algo que formaba parte de una vida que hasta ese momento había evitado imaginar del todo.

Quizás porque no quería dejar la isla.

Quizás porque ahora sí entendía lo que estaba dejando.

Fabián respiraba con dificultad a su lado, apoyado contra el arco, claramente afectado por el esfuerzo, y aunque logró incorporarse poco a poco, el cansancio no desaparecía, quedándose en su cuerpo como un recordatorio constante del precio de ese viaje.

“Vamos… los establos están más cerca,” dijo, con la voz baja.

Caminaron despacio, atravesando los terrenos mientras Marisol intentaba mantener la atención en el camino, aunque todo a su alrededor le llamara, cada detalle, cada estructura, cada movimiento, como si el lugar quisiera ser visto, entendido, recordado, y por un instante sintió una mezcla extraña de curiosidad y resistencia, como si una parte de ella quisiera quedarse y otra quisiera volver corriendo a todo lo que conocía.

Llegaron a los establos y, justo al lado, a una estructura de vidrio que reflejaba la luz de forma irregular, como si no fuera completamente transparente, y al acercarse, el calor los envolvió de inmediato, junto con el olor a tierra húmeda, plantas y algo más que no supo identificar, pero que no le resultó extraño.

El invernadero estaba lleno.

No de forma caótica, sino viva.

Había plantas de todo tipo creciendo en distintos niveles, algunas colgando, otras en mesas, otras directamente desde el suelo, y entre ellas se movían pequeñas criaturas, algunas conocidas, otras no, mientras jaulas delicadas colgaban del techo, abiertas o semiabiertas, como si no estuvieran hechas para encerrar, sino para proteger.

Por un momento, Marisol volvió a olvidarse de todo.

La forma en que la luz atravesaba las hojas, los colores, los frascos, las texturas, incluso la ropa de las personas que se movían dentro del espacio, todo parecía parte de algo cuidadosamente pensado, como si el lugar mismo fuera una especie de obra viva.

Nunca le había dado ese peso a ese mundo.

Nunca lo había mirado así.

Quizás porque no quería.

“Profesor Samaras,” dijo Fabián, con un tono más formal de lo usual.

El profesor se giró desde el fondo, dejando a un lado lo que estaba haciendo, y Marisol notó de inmediato que no era como lo había imaginado, no era mayor ni rígido, sino un hombre relativamente joven, con tatuajes que recorrían sus brazos, figuras de plantas y criaturas que parecían dibujadas con tanto detalle que por un segundo tuvo la impresión de que podían moverse, como si él mismo fuera una especie de libro abierto sobre todo lo que lo rodeaba.

“Pensé que estabas en Sudamérica por el verano,” dijo, acercándose con curiosidad.

“Lo estoy,” respondió Fabián, señalando a Marisol. “Ella es Marisol, viene de la Isla de Margarita… es una bruja.”

El profesor alzó ligeramente las cejas, claramente interesado.

“¿Evaporaron hasta aquí?” preguntó.

“Sí,” respondió Marisol.

No hubo tiempo para más.

Fabián perdió el equilibrio.

Se sostuvo apenas contra una mesa antes de que su cuerpo cediera, y en cuestión de segundos su respiración se volvió irregular, su piel más pálida, y el profesor reaccionó de inmediato, ayudando a sostenerlo mientras llamaba a alguien para llevarlo a la enfermería.

Todo pasó rápido, y Marisol no se separó de él en ningún momento, siguiéndolo hasta la cama, observando cada pequeño movimiento como si eso pudiera ayudarlo a recuperarse más rápido, aunque no supiera cómo.

Fabián abrió los ojos después de unos minutos, débil, pero consciente.

“No te quedes aquí,” dijo en voz baja. “Habla con él… dile todo… incluso lo del fuego… puede que tenga algo que ver con Alamos.”

Marisol dudó, pero asintió.

“Voy a volver.”

Salió y encontró al profesor esperándola en una pequeña sala contigua, donde había una mesa, sillas y un gabinete de medicinas, y él le hizo un gesto para que se sentara mientras le entregaba una pastilla.

“Para el salto,” dijo.

Marisol la tomó y se sentó, sintiendo por primera vez el cansancio en el cuerpo.

“¿Qué pasó con Alamos?” preguntó él sin rodeos.

Marisol sacó el teléfono casi de inmediato.

“Es un… pegaso,” dijo. “O eso creemos.”

Le mostró las fotos, explicando la herida, la quemadura, todo lo que habían hecho, y el profesor observó en silencio, acercándose más a la pantalla.

Frunció el ceño.

“No tiene alas.”

“Sí tiene,” dijo Marisol rápidamente. “Pero no siempre… solo salen cuando va a volar o si le tocas los hombros.”

El profesor se quedó en silencio un momento, observando otra imagen, fijándose en el pelaje.

“¿Cómo es su color?”

“Como plata… pero no quieta,” dijo ella. “Como electricidad.”

El profesor levantó la mirada.

“Eso no es un pegaso moderno,” dijo lentamente. “Es un pegaso griego… del linaje original.”

Marisol sintió que el aire se detenía.

“Se creían extintos,” añadió.

Volvió a las imágenes.

“Los actuales no pueden ocultar las alas… este sí.”

Marisol sintió cómo volvía la urgencia.

“¿Puede curarse?”

El profesor asintió, aunque con cuidado.

“Sí… pero no con esto,” dijo. “Hiciste un muy buen trabajo, pero su cuerpo no responde igual.”

Se levantó y comenzó a escribir.

“Va a necesitar un ungüento específico… algunas hierbas son comunes, otras no, y hay una en particular…”

Se detuvo.

“Esa no es fácil de encontrar.”

“Está en la isla,” dijo Marisol, mostrando la foto.

El profesor asintió.

“Entonces tienes suerte.”

Le entregó las indicaciones.

Marisol las tomó, pero no bajó el teléfono.

“El fuego tampoco fue normal,” dijo.

El profesor levantó la mirada.

“¿Qué quieres decir?”

Marisol respiró hondo.

“Perdí el control… y últimamente me pasa más… casi siempre que uso magia, sale fuego y no lo puedo detener.”

El profesor no respondió.

En lugar de eso, miró detrás de ella.

Marisol se volteó.

El director estaba allí.

No se parecía en nada a lo que había imaginado, no tenía barba larga ni túnicas antiguas, sino un traje negro perfectamente ajustado, una corbata púrpura con pequeñas estrellas y un broche de sol en el bolsillo, elegante, tranquilo, como si no necesitara imponerse para ser notado.

“Marisol,” dijo con una leve sonrisa. “¿Te molesta si me siento?”

Ella negó.

Se sentó a su lado con calma, observándola con atención.

“Me estaba contando algo interesante,” dijo. “Sobre el fuego.”

Marisol sintió el nudo en el estómago volver.

“¿Desde cuándo te pasa?” preguntó.

“Desde el comienzo del verano,” respondió. “La primera vez fue cuando vi la isla… estaba en un bote con mis amigos, y vi una explosión, vi fuego por todas partes, pero nadie más lo vio, y ahora… después de lo que pasó… siento que tal vez fue una visión a mi futuro.”

El director asintió levemente.

“Se llama ruptura de ignición,” dijo. “Algunos nacen con eso.”

Marisol bajó la mirada, sintiendo las lágrimas acumularse.

“¿Entonces no puedo hacer magia?” preguntó.

“Claro que puedes,” respondió él con calma. “Pero tendrás que aprender a usarla de otra forma.”

Marisol asintió lentamente.

“¿Hay más personas así?”

“Sí,” dijo. “La mayoria aprende a vivir con ello y tienen carreras, familias, una vida normal dentro de nuestro mundo… otras no lo logran a tiempo. Si no aprendes a manejar tus emociones, tu magia puede ponerte en peligro a ti y a otros y si eso pasa, la culpa hara que tus emociones se inestabilicen aun mas”

Marisol pensó en Alamos.

“Entonces si algo le pasa…”

“No puedes quedarte ahí,” dijo él con firmeza. “Tendrás que soltar esa culpa.”

Marisol negó suavemente.

“Me cuesta… siento que si suelto, es como si no me importara.”

El director la observó un momento.

“Soltar no es dejar de querer,” dijo finalmente.

Hizo una pausa breve.

“Vas a reconocer el momento… cuando soltar y abandonar dejen de sentirse iguales.”

Marisol no respondio, solo puso su mano sobre la mano del profesor que estaba sobre su hombro y le dio una sonriza triste. Gracias. Le respondio fianlmente.

Cuando el profesor ya se iba, Marisol le pregunto, en cuanto tiempo Fabian se recuperaria.

Para evaporar?

Marisol se quedo sin palabras, no queria revelar que ese era el plan y entendio que a este profesor no podia enganarlo como a sus padres.

8 horas. Se metio las manos en el bolsillo y le dio un hermosa hermosa caja del tamano de la palma de su mano, dorada con el hornamento de un globo terraqueo.

Feliz viaje, le dijo el profesor y evaporo.

Se sentó, se levantó, caminó unos pasos, volvió a sentarse, con el teléfono en la mano escribiendo rápido.

Agarra las flores. Tritúrenlas. Hagan una pasta. No esperen.

No sabía si era suficiente.

No sabía si llegaban a tiempo.

La puerta se abrió y el director entró con una calma que contrastaba con todo lo que ella estaba sintiendo, observándola con curiosidad antes de hablar.

“Pensé que estarías más emocionada,” dijo con una leve sonrisa.

Marisol dudó antes de responder, sintiendo que la pregunta llegaba en el peor momento.

“Lo estoy… solo que no ahora.”

Él asintió, como si entendiera más de lo que ella había dicho, y su mirada bajó al collar, deteniéndose en la perla por un segundo más de lo normal antes de volver a ella.

“No todos llegan con eso,” comentó con suavidad.

Luego hizo una pausa breve, como si eligiera bien lo siguiente.

“Hay magia que crece más rápido que quien la usa, y si no aprendes a sostenerla, termina saliéndose.”

Marisol pensó en el fuego, en el bote, en ese momento en el que no pudo detenerlo.

“¿Y qué pasa cuando se sale?” preguntó.

El director la miró con calma.

“Empieza a decidir por ti.”

El silencio que siguió fue suficiente para que todo comenzara a encajar de una forma que no le gustaba, pero que no podía ignorar.

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Cuando salieron del castillo, el aire frío de la noche le golpeó la cara a Marisol, pero no logró despejarle la cabeza, porque todo lo que había escuchado seguía dando vueltas, conectándose poco a poco con cosas que ya sabía pero que no había querido mirar de frente, y mientras ayudaba a Fabián a sostenerse, sintió que ya no estaban regresando solo para curar a Alamos, sino para entender algo que venía desde antes y que ahora ya no podían ignorar.

El salto de regreso fue más difícil que el primero, no solo por la distancia, sino por el cansancio acumulado que parecía quedarse en el cuerpo como un peso constante, y cuando finalmente llegaron a la casa, Fabián tuvo que apoyarse con más fuerza de la que le hubiera gustado, respirando con dificultad mientras intentaba mantenerse en pie, y fue en ese momento cuando la tos volvió a escucharse desde el interior, más cercana, más real, como si los estuviera esperando desde antes de que cruzaran la puerta.

Marisol no dudó esta vez, porque algo en ella ya sabía que no podía seguir dejando esa parte para después, y caminó directo hacia la sala sin mirar atrás, encontrándolo en el mismo lugar, en su silla de ruedas, inclinado hacia adelante, con la mirada fija en sus propias piernas como si el tiempo se hubiera detenido ahí, como si todo lo demás hubiera seguido avanzando sin él, y por un instante no supo cómo empezar, porque ahora ya no era solo una sospecha, era algo que estaba a punto de confirmarse.

Se arrodilló frente a él, apoyando las manos en el suelo para sostenerse mejor, sintiendo que ese momento era más importante de lo que podía explicar, y cuando habló, su voz salió más suave de lo que esperaba, como si no quisiera romper nada.

“¿Abuelo…?”

Él tardó en reaccionar, pero cuando levantó la mirada, no fue hacia sus ojos, sino hacia el collar, hacia la perla que descansaba sobre su pecho, y su mano se movió lentamente hasta alcanzarla, tocándola con cuidado, como si no necesitara más para saber exactamente lo que estaba viendo, y en ese gesto había algo demasiado claro como para ignorarlo.

Marisol sintió cómo se le cerraba un poco el pecho, no de miedo, sino de reconocimiento, de esa sensación incómoda cuando algo empieza a encajar aunque no quieras que sea verdad, y por un segundo pensó en no preguntar, en dejarlo así, pero no pudo, porque ya había cruzado ese punto.

“¿Tú sabías de la isla?” preguntó, manteniendo la voz baja, como si decirlo más fuerte pudiera cambiar la respuesta.

Él no respondió de inmediato, pero tampoco se apartó, y ese silencio fue suficiente para que la siguiente pregunta se formara sola, más clara, más directa, aunque le costara decirla.

“¿Fuiste tú… el que intentó protegerla?”

Sus dedos apretaron la perla apenas antes de soltarla, y bajó la mirada otra vez, como si no pudiera sostenerla por mucho tiempo, y aunque no dijo que sí, tampoco dijo que no, y eso bastó para que todo terminara de encajar dentro de ella.

Marisol tragó saliva, sintiendo cómo las piezas se ordenaban de una forma que no le gustaba, pero que ya no podía evitar, y cuando habló de nuevo, ya no sonó como una pregunta, sino como una conclusión que había llegado sola.

“El fuego… se salió de control.”

El abuelo cerró los ojos un segundo, como si esa parte no necesitara explicación, como si ya hubiera pasado demasiadas veces por ese recuerdo como para tener que repetirlo en voz alta, y cuando volvió a hablar, su voz salió baja, gastada, pero clara.

“Quise cuidarla… pero no supe cómo sin dañarla.”

Marisol sintió que esas palabras le caían más pesadas de lo que esperaba, no por lo que decían del pasado, sino por lo que significaban ahora, para ella, para lo que estaba pasando en ese mismo momento, y sin darse cuenta bajó la mirada hacia sus piernas, hacia la silla, hacia todo lo que quedaba como consecuencia de algo que empezó con la misma intención que ella tenía, pero que terminó de una forma completamente distinta.

Pensó en el bote, en el fuego, en lo rápido que había perdido el control, y por primera vez no intentó justificarse ni convencerse de que había sido diferente.

“Yo también…” empezó, pero no terminó la frase, porque no hacía falta decirlo completo para entenderlo.

El abuelo levantó la mirada apenas, lo suficiente para verla, y en ese momento no parecía sorprendido ni molesto, solo cansado, como alguien que ya sabía que ese momento iba a llegar tarde o temprano y que no tenía la energía para evitarlo.

“No luches contra ella,” dijo finalmente, con una calma que no sonaba a consejo, sino a experiencia. “Eso fue lo que yo hice… y no funcionó.”

Marisol frunció el ceño, confundida, pero no en desacuerdo, porque algo en esas palabras le hacía sentido aunque todavía no supiera cómo aplicarlo.

“Entonces, ¿qué hago?”

El abuelo tardó un segundo en responder, como si incluso ahora la respuesta no fuera tan simple como ella esperaba.

“Escúchala,” dijo. “Y protégela… sin querer controlarla.”

El silencio que siguió fue distinto, más claro, como si algo hubiera cambiado de lugar dentro de ella, y por primera vez desde que todo empezó, Marisol sintió que no se trataba de hacer más, sino de hacerlo diferente, aunque todavía no supiera exactamente cómo.

El regreso a la isla se sintió más corto, no porque lo fuera, sino porque esta vez Marisol no estaba pensando en el camino, sino en lo que acababa de entender, y cuando llegaron a Pampatar, el calor, el aire salado y el sonido del mar volvieron a envolverla de una forma que le resultó más familiar que nunca, aunque nada se sintiera realmente igual, como si el mismo lugar hubiera cambiado junto con ella.

No se detuvieron al llegar a la casa, atravesándola casi sin hablar, tomando lo necesario y saliendo hacia el jardín con una urgencia más enfocada, más clara, porque ahora ya no se trataba solo de salvar a Alamos, sino de no repetir algo que ya había pasado antes, y cuando el camino se abrió y la isla apareció, Marisol la sintió distinta, más sensible, como si también estuviera esperando algo de ella.

Charlotte y Adrián estaban donde los habían dejado, con las manos manchadas de verde y las flores trituradas en un recipiente improvisado, el olor llenando el aire mientras Caramelo seguía acostado junto a Alamos sin moverse, como si hubiera decidido quedarse ahí hasta que todo terminara, y Marisol se arrodilló de inmediato, tomando el ungüento y aplicándolo con cuidado sobre la herida, siguiendo las indicaciones lo mejor que podía mientras observaba cualquier señal de cambio.

Al principio no pasó nada, y ese segundo se sintió más largo de lo que debería, pero luego, muy lentamente, la respiración de Alamos cambió, no de forma evidente, sino lo suficiente como para notarlo, como para saber que algo estaba respondiendo, y Marisol dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo, apoyando la mano sobre su cuello con más firmeza mientras sentía el pulso bajo su piel, más claro, más estable.

El alivio llegó, pero no se quedó solo.

Porque esta vez entendía que no era suficiente.

Marisol levantó la mirada hacia la isla, hacia los árboles, hacia todo lo que había empezado a cambiar desde que ella llegó, y sintió ese mismo impulso de antes, ese deseo de actuar, de detener, de hacer algo grande para protegerlo todo, pero no lo siguió, porque ahora sabía a dónde llevaba.

Respiró.

Y negó suavemente.

“No es así,” dijo, más para ella que para los demás, aunque todos la escucharon.

Fabián la miró, esperando.

“¿Entonces cómo?”

Marisol bajó la mirada un segundo, ordenando la idea antes de decirla en voz alta, sintiendo que lo que iba a decir cambiaba todo lo que habían estado intentando hasta ahora.

“No podemos pelear contra esto,” dijo finalmente. “Eso ya pasó… y no funcionó.”

Levantó la mirada hacia él.

“Tenemos que proteger la isla… pero no escondiéndonos en ella.”

Hizo una pausa breve.

“Tenemos que esconderla a ella.”

El silencio que siguió no fue de duda, sino de comprensión, como si la idea necesitara solo un momento para asentarse, y en ese instante, por primera vez desde que todo empezó, Marisol sintió que estaban mirando en la dirección correcta.

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Through the Storm