Through the Storm

Durante varios días, Marisol y Fabián intentaron encontrar una forma de llegar a Tortuga.

La isla del poema no aparecía con claridad en ningún mapa, pero por la forma del trazo y por lo que alcanzaban a entender de las palabras, ambos coincidían en que debía estar cerca de Tortuga, lo suficientemente próxima como para usarla como punto de partida. La llamaron Tortuguita, no porque supieran su nombre, sino porque necesitaban referirse a ella de alguna manera, como si nombrarla la hiciera un poco más real.

El problema no era solo encontrarla.

Era llegar.

Fabián fue el primero en sugerir volar, pero la idea se descartó casi de inmediato. Cruzar el océano en escoba era peligroso, demasiado expuesto, y ninguno de los dos tenía la experiencia suficiente para intentarlo sin arriesgarse más de la cuenta. Tampoco podían evaporar, porque él nunca había estado allí, y sin un punto de referencia claro el intento podía salir mal.

Necesitaban una excusa.

Algo que los llevara hasta Tortuga sin levantar sospechas.

Fue entonces cuando Marisol pensó en el hermano de Charlotte.

Llevaba dos años navegando solo por el Caribe, moviéndose de isla en isla, y le había prometido a su hermana que antes de que terminara el verano la llevaría a navegar con sus amigos. La idea encajaba demasiado bien como para ignorarla.

Marisol buscó a Charlotte.

No fue tan sencillo como esperaba.

Charlotte estaba molesta, aunque al principio intentó disimularlo, y no tardó en decir lo que realmente pensaba. Sentía que Marisol había estado distante, como si ya no confiara en ella, o como si hubiera decidido apartarla sin explicaciones. En algún momento incluso insinuó, medio en serio y medio en broma, que tal vez todo se debía a Fabián.

“¿Estás saliendo con él o qué?”

Marisol soltó una risa inmediata.

“Claro que no.”

Pero entendió lo que había detrás de esa pregunta.

Y decidió no seguir ocultándolo.

Su mamá siempre le había dicho que una bruja podía compartir su secreto con un humano si existía suficiente cercanía, que no estaba prohibido, pero sí debía hacerse con cuidado, porque no era algo que pudiera expandirse sin control. No podía contarle todo, no podía explicarle cada parte de su mundo, pero sí lo suficiente.

El problema era la isla.

Ni siquiera en su propio mundo sabían de ella.

Aun así, decidió confiar.

Le contó a Charlotte, pero solo superficialmente.

Charlotte, es algo que tu ya has intuido,

En el momento en que hablaban, Fabian evaporo en el jardin, Charlotte respiro hondo en sorpresa y Fabian quedo paralizado. Marisol se hecho a reir mientras ellos la miraban.

Soy una bruja y Fabian tambien lo es dijo cuando pudo terminar de reir.

Charlotte no dijo mucho al principio, pero su forma de mirar lo decía todo. No era sorpresa exactamente, sino una mezcla de reconocimiento y asombro contenido, como si algo en ella ya hubiera aceptado esa posibilidad mucho antes de verla.

“Creo que tu mamá ya lo sabe,” dijo Marisol en voz baja.

Charlotte no respondió, pero tampoco lo negó.

Fueron al jardin, Fabian le habia traido manzanas a Alamos. Marisol tenia miedo de que ir a La Azulita y esperar el atardecer seria demasiado para Charlotte, penso en mostrarle solo el sendero y a Alamos.

Pero mas barcos y maquinas llenaron la playa. Se quedaron del lado de los corales en la isla, para evitar a los trabajadores y los observaron de lejos hasta que callo la tarde y uno a uno se retiraron.

Marisol sintio la ansiedad consumirla y comenzo a caminar en circulos. Fabian trato de calmarla y se agito mas.

No tenemos tiempo Fabian, tenemos que llegar a Tortuga ahora.

Vamos a encontar la manera.

Charlotte, Marisol me dijo que tu hermano las llevaria en un viaje antes de que regresen a clases.

Charlotte no dejo que terminara cuando le respondio

Si, vamos a Tortuga. Yo se lo pido.

Marisol abrazo a Charlotte

No estaran en peligro, ustedes se quedan en Tortuga y nostros seguimos.

El atardecer comenzo a asentarse y las criaturas comenzaron a aparecer. Marisol estudiaba a Charlotte, pero ella parecia mucho mas comoda de lo que se esperaba. Su mama era veterinaria y habia crecido al rededor de todo tipo de animales. Alamos aparecio y esta vez cargaba una toalla de playa en el lomo. Marisol y Fabian se vieron por un momento. Pasaron un rato con el, exploraron la isla y regresaron al jardin.

Planearon el viaje, lo que Charlotte le diria a su hermano y a sus papas, cuantos dias y noches tomarian en llegar y pasarian alla y como se lo pedirian a sus padres.

Marisol y Fabian planearon que pasaria despues de que llegaran a Tortuga, como llegarian a tortuguita y que hechizos necesitarian para sobrevivir la tormenta y la posiblemente desierta o encantada isleta.

Todo quedo planeado en menos de 24 horas, navegarian con el hermano de Charlotte Alenxander,

Marisol

Fabián.

Adrián.

Y Charlotte.

El resto… lo resolverían en el camino.

Ni el hermano de Charlotte ni Adrián sabían nada sobre la isla.

Y así debía mantenerse.

Salieron unos días después.

El mar estaba tranquilo y el viento a favor, lo que hizo que el viaje comenzara con una calma engañosa. Pasaron horas entre conversaciones, momentos de silencio y pequeñas tareas, lanzando líneas al agua para pescar, recogiéndolas después sin prisa, dejando que el tiempo se moviera al ritmo del mar.

El hermano de Charlotte, Alexander, era difícil de ignorar. Tenía el cabello claro como ella, pero lo llevaba en rastas, y su piel estaba profundamente marcada por el sol, como alguien que había pasado más tiempo afuera que en cualquier otro lugar. Hablaba con facilidad, contando historias de las islas que había visitado, de lugares que parecían sacados de otro tiempo, de encuentros que no siempre tenían explicación.

Fabián lo escuchaba con atención.

En un momento, sin hacerlo parecer demasiado importante, le preguntó si alguna vez había visto algo que no pudiera explicar.

Alexander sonrió, como si esa pregunta no fuera nueva para él.

“Sí,” dijo.

Hubo una pausa breve antes de continuar.

“Una vez, en la noche, vi una figura flotando en medio del mar y hacía una especie de melodía… casi sonaba como una ballena. Algo muy bonito, pero raro. Me dio sueño, un sueño pesado, como si quisiera quedarme ahí.”

Se apoyó contra la madera del bote.

“Por suerte agarré viento y me fui.”

Se quedaron en silencio un segundo.

“Y otra vez vi una ballena,” añadió. “Gigante. Pero el agua alrededor brillaba como destellos dorados, como luciernagas bajo el agua que aparecían y desaparecían.”

Marisol sintió un leve escalofrío.

Alexander continuó, como si nada.

“También vi un barco… viejo, de esos que parecen sacados de los años mil quinientos. Estaba a lo lejos, quieto. Mire a otro lado y luego… desapareció.”

El mar siguió igual.

Pero ya no se sentía igual.

Fabián cruzó una mirada con Marisol, no dijeron nada pero ambos estaban pensando lo mismo. Tal vez no eran los únicos que habían visto cosas que no encajaban del todo.

Cuando se aproximaban a Tortuga, el día estaba despejado, de un azul limpio que hacía difícil imaginar cualquier cambio, pero en cuestión de segundos el cielo se cerró sobre ellos y una tormenta se formó justo encima del velero, como si hubiera sido llamada y no nacida del clima natural.

Alexander frunció el ceño de inmediato, mirando su monitor.

“Eso no estaba en el radar…”

Marisol y Fabián se miraron sin decir nada y corrieron a buscar el diario, abriéndolo con rapidez para comparar las coordenadas con la pantalla del barco.

Iban en el rumbo correcto.

Iban hacia Tortuguita.

Le distes las coordenadas? Le pregunto Fabian

No, no le dije nada, porsupuesto que no, el plan es llegar a Tortuga primero.

El viento aumentó de golpe, las velas comenzaron a sacudirse con fuerza y el mar cambió de ritmo, levantando olas más agresivas que golpeaban contra el casco. Charlotte se movía con seguridad por la cubierta, señalando con firmeza.

“¡Aseguren los cabos!

Adrián obedecía sin cuestionar, intentando mantenerse en pie mientras el barco se inclinaba con cada embestida del agua.

Marisol la detuvo, sujetándola por los brazos.

¡Pónganse los arneses!” grito Charlotte

“Necesito decirles algo—”

Todos se detuvieron un segundo en la espera, pero las palabras no salieron. Miró a Fabián.

Y él entendió.

Sacó su vara del bolsillo y, afirmándose como pudo cerca de la proa, gritó:

“¡Ékrixi!”

Un rayo de luz salió disparado desde la punta de la vara, extendiéndose como un hilo de fuego hasta formar una esfera luminosa frente al barco, suspendida en medio de la tormenta.

Por un instante, todo se alumbro y todo se detuvo.

No el mar.

Pero sí ellos.

Alexander y Adrián quedaron en silencio, sin entender lo que estaban viendo.

Fabián luchaba por mantenerse en pie, aferrándose a la estructura del velero, el cuerpo tenso mientras sostenía el hechizo, como si la fuerza del viento quisiera arrancárselo de las manos.

Marisol bajó a la cabina y abrió el forro de su tabla de surf. De allí sacó una escoba, la sostuvo con firmeza y volvió a salir a la cubierta, donde la tormenta golpeaba con más fuerza que antes.

“¡Charlotte!” gritó Marisol. “¡Amárralo como a Alexander, que no se suelte!”

Charlotte reaccionó de inmediato, ayudándolo a sujetarse con un arnés, mientras Marisol continuaba:

“¡Métete en la cabina con Adrián!”

Charlotte dudó un segundo.

Pero obedeció.

Marisol se montó sobre la escoba sin dudar, elevándose apenas lo suficiente para maniobrar sin perder el equilibrio, y con su vara buscó la luz que Fabián sostenía, conectándose a ella como si fuera un mismo hilo.

La presión disminuyó un poco.

No desapareció.

Pero cedió lo suficiente.

“¡Alexander!” gritó entre la lluvia. “¡Concéntrate en el timón! ¡No te salgas de las coordenadas!”

Alexander la miró un segundo, empapado, confundido, pero algo en su voz lo devolvió a su lugar.

Volvió al timón.

El barco resistía.

Marisol levantó la mirada y entonces la vio. A lo lejos, entre la tormenta, había otra luz, no igual, pero relacionada.

Como si respondiera.

Como si la estuviera esperando.

Se enfocó en ella, sosteniendo la conexión, sintiendo cómo la fuerza de la tormenta empujaba en contra, como si no quisiera dejarlos pasar.

El tiempo se distorsionó. Podían haber sido minutos. Podían haber sido horas.

Hasta que, de pronto, cedió.

La presión desapareció. El viento cayó y Marisol, sin fuerza, perdió el equilibrio y cayó al agua. El impacto la dejó sin aire por un segundo.

Fabián rompió el hechizo y se lanzó tras ella, sacándola del agua con dificultad, sosteniéndola mientras ambos intentaban recuperar el aliento.

“Ya pasó…” murmuró él.

Marisol apenas podía responder.

Pero cuando subieron de regreso la vieron.

Tierra firme.

Una pequena isla, de unos 20 km de ancho.

Alexander llevó el velero hasta la orilla, guiándose entre restos de un muelle viejo que apenas se sostenía, hasta que finalmente lograron detenerse.

El silencio llegó de golpe. Demasiado rápido. Bajaron del barco con cuidado. El lugar se sentía… distinto. Como si hubieran cruzado algo más que una tormenta.

Frente a ellos había un pequeño pueblo, formado por casas antiguas, detenidas en el tiempo, sin señales de vida, sin movimiento, como si todo hubiera sido abandonado sin explicación.

Charlotte miró alrededor.

“Estas casas… son de la época exploratoria.”

Marisol los miró a todos.

Sin planearlo, formaron un círculo.

Como si ya supieran que ese momento iba a llegar.

“Fabián y yo tenemos dones,” dijo finalmente. “Nuestras familias también.”

Hizo una pausa.

“No deberíamos compartir esto a la ligera, pero ustedes son como mi familia… y ya llegó el momento de que lo sepan.”

Respiró hondo.

“Sé que este no es el mejor momento, todavía tenemos que salir de aquí, pero cuando podamos estar tranquilos les voy a explicar todo.”

Los miró uno por uno.

“Por ahora… necesito que nos ayuden.”

Dudó un segundo antes de continuar.

“Fabián y yo planeábamos venir a esta isla, pero no con ustedes. Íbamos a llegar a Tortuga y buscar la forma de escaparnos después.”

Bajó la mirada.

“Perdón, Alexander… por ponerte en esta posición.”

El silencio duró apenas un instante.

“Está bien,” dijo él.

Adrián asintió.

“Ok… ¿qué hacemos?”

Marisol lo miró, casi sin creerlo.

“¿Ok?”

Alexander soltó una risa breve, todavía con incredulidad.

“No sé qué fue eso que hicieron allá atrás… pero nos salvó. Y además…” negó con la cabeza, “fue increíble.”

“Totalmente,” añadió Adrián.

Luego la miró con calma.

“Marisol… te conozco de toda la vida. Eres como mi hermana.”

Hizo una pausa.

“Confío en ti… aunque no entienda.”

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