1. Fuego
Nadie más vio la isla quemarse.
Marisol sí.
Un fino rayo de luz, como un hilo dorado, había surgido entre los árboles apenas unos instantes antes, y ella lo vio ascender hacia el cielo, apretando sus dedos contra el borde de la lancha, hasta que estalló con fuerza en mil luces más pequeñas que comenzaron a descender, posándose sobre las palmeras e incendiándolo todo.
Sintió el BOOM atravesarla de lado y el miedo simultaneamente invadiéndole el pecho con violencia, como un maremoto rompiendo contra un pequeño pueblo pesquero, inundándolo todo. No se dio cuenta de que tenía la boca abierta hasta que saboreó la sal en el aire mientras la lancha avanzaba, su cara mojada por el agua del mar o quizá por lágrimas que difuminaban el horizonte, y miró a su alrededor buscando la reacción de los demás, sin encontrar alguna.
Aun con la garganta apretada, logró preguntar:
—¿Alguien vio eso?
Nadie respondió.
Seguían hablando y riéndose de las caídas surfeando más temprano ese día, sus voces ligeras y despreocupadas, como si nada hubiera pasado en absoluto.
Charlotte fue la única que la escuchó.
—Yo no veo nada —dijo, recorriendo el horizonte con la mirada, entrecerrando ligeramente los ojos.
Marisol no respondió.
Charlotte buscó su mano y la sostuvo, ahora en silencio, quizás porque entendía que Marisol era distinta, y que a veces veía y sentía cosas que los demás no.
Para cuando llegaron al muelle de El Tirano, La Azulita se veía completamente normal sobre el horizonte azul oscuro.
Marisol ayudó a bajar las tablas y los equipos de pesca sin decir mucho, moviendo las manos casi automáticamente mientras su mente se quedaba atrás, en algún punto del mar, porque lo que había visto no se sentía como algo que acababa de ocurrir, sino como una imagen que pertenecia a otro momento en el tiempo, tal vez una vision.
Cuando terminaron de limpiar la lancha y se despidieron, Marisol caminó un poco más por la orilla y se sentó en la arena, justo en frente de su casa. El cielo ya estaba oscuro y el horizonte convertido en una línea larga y tranquila de azul profundo, pero aun así buscó, esperando que la luz del fuego regresara.
No lo hizo.
Un nudo se le formó en el pecho.
¿Por qué ese lugar?
La pequeña isla donde iba a pescar con sus abuelos, su lugar secreto para surfear con sus amigos. Si la Isla de Margarita era su hogar, entonces La Azulita era su rincón favorito de la casa, la pared donde guindaban las fotos de los mejores momentos de su vida.
De pronto sintió rabia… de esa que no explota, sino que se queda ardiendo por dentro. Sintió calor en el pecho y en la frente… Comenzó a sudar, y eso la paralizó por un momento.
¿Qué fue eso? —pensó, mientras se secaba la cara con su propia franela.
No se dio cuenta de que Charlotte la había seguido hasta que ya se estaba sentando en la arena a su lado, presionando su rodilla con la de Marisol.
—Mira, ya te alcancé, ya tenemos el mismo bronceado —dijo Charlotte, comparando el tono de piel de sus piernas y manos—Solo me falta cortarme el pelo y pintármelo de negro para que seamos gemelas.Charlotte pausó, buscando sacar una sonrisa de Marisol.
Marisol trató de actuar para verse seria.
—Si te cortas el pelo te dejo de hablar. Le respondio Marisol, tratando de sonrreir.
—Es mucho trabajo, ya casi me llega a las rodillas —dijo Charlotte mientras se lo secaba con la toalla que tenía en los hombros—. La quincena de mi mamá se va en puro shampoo.
_Marisol la miro con desapruebo.
—Ok, está bien, me lo dejo así —respondió Charlotte—. Al menos me cubre las orejas de elefante que tengo —sonrió con picardía.
—¡No digas eso! —dijo Marisol sonriendo mientras la empujaba a la arena.
Jugaron a que se empujaban y, entre las risas, Marisol sentía que Charlotte intentaba hacerla sentir mejor. Cuando se calmaron de nuevo, Charlotte continuó.
—Te vi muy alterada allá —dijo, con un tono casual, como si intentara ocultar su preocupación—. ¿Qué pasó?
Marisol dudó, porque había cosas que no podía compartir con Charlotte sin revelar secretos de su familia que no debía contar, y además ni siquiera ella misma entendía lo que acababa de ver, así que decirlo solo haría todo más complicado, pensó.
—Creo que vi algo —dijo Marisol, manteniendo la voz ligera—, algo brillante en el cielo. Se encogió de hombros —Quizás fue una estrella fugaz.
Charlotte no parecía convencida. —Nunca te había visto así de asustada.
Marisol forzó una pequeña sonrisa. —No estaba asustada.
Charlotte alzó una ceja.
—Bueno… tal vez un pelín —admitió Marisol mientras se levantaba y se sacudía la arena de las piernas.
—Lamento que se te arruinara la noche —Le dijo apretándole el hombro con suavidad, y luego añadió con una sonrisa—. Al menos no te caíste de rabo.
Marisol frunció el ceño.
—¿Como asi?
—Te lo perdiste cuando te fuiste a caminar al otro lado de la isla, en La Azulita. Fue demasiado épico, —Charlotte trataba de decirlo sin reírse, porque explicaba todo con señas de manos y sonidos acuáticos, lo que hacía que todos sus cuentos salieran ridículamente graciosos—. El chamo que nunca había surfeado, Víctor, por fin agarró su primera ola y todos felices apoyándolo, pero no sabía cómo doblar y la ola lo estaba llevando lentamente hacia donde estaba el señor Asdrúbal sentado en su silla en la orilla, dormido con el sombrero en la cara. El chamo gritaba súper agudo…
Charlotte ya no podía aguantar la risa.
—No sabía cómo bajarse y todos le gritábamos que se lanzara, pero esperó mucho y cuando la tabla pegó con la arena, ¡plash!, se resvalo y se callo de rabo.
Ambas estallaron en carcajadas, de esas que dejan sin aire.
—¡Pobrecito! —a Charlotte se le salían las lágrimas de la risa—. Pero qué gracioso se cayó, con los pies para arriba. Y el señor Asdrúbal se despertó confundido con los gritos, pero cuando lo vio caerse andaba muerto de la risa.
Por un momento, mientras se reían, todo volvió a sentirse normal: el mar, la lancha, la noche, como otro recuerdo más.
Pero cuando se apagaron las risas, Marisol sentía el miedo regresar, quieto en el fondo de su pecho.
La explosión.
La isla en llamas.
Después de asegurarle que estaba bien, se abrazaron y se despidieron. Marisol observó desde la puerta de su casa como Charlotte se alejaba patinando por la calle bajo la luna que se acababa de asomar. A veces Marisol deseaba poder contarle todo a Charlotte, a Adrián su vecino y amigo o a alguien de su edad, pero no podía, porque era una bruja de 14 años, viviendo en una isla en el Caribe, donde la comunidad magica es pequena y son aun menos los chamos de su edad con visiones y habilidades que solo existian en cuentos viejos.
Cuando vio a Charlotte entrar a su casa, que quedaba a media cuadra de la sulla, entro a la sulla. Vivia en una vieja casa colonial, simple en su estructura pero llena de un encanto innegable, no porque en ella viviera una familia de magos, sino porque estaba llena del calor de sus seres queridos, de sus vecinos y de la luz de los faroles que brillaban en la oscuridad de la noche.
La casa estaba construida alrededor de un jardín cuadrado en el centro, con corredores abiertos que lo rodeaban por completo, de modo que desde cualquier punto la mirada regresaba al corazón del jardin, verde y vivo.
Había pertenecido a sus abuelos, los padres de su papá. Su abuelo Ognjen (Horacio para los locales, porque nadie sabía cómo pronunciar eso) había sido un mago que vino de Croacia a estudiar maldiciones, y su abuela, una margariteña normal, ayudaba a su papá, que era pescador, a vender en el mercado y más tarde se convirtió en buceadora de perlas.
Sus vidas todavía permanecían allí, no en algo evidente o necesariamente mágico, sino en la forma en que la casa conservaba el calor incluso cuando estaba vacía, en el sonido del viento por los pasillos como si recordaran voces, en el aroma del patio que parecía cargar historias que se negaban a desaparecer.
Sus padres, en cambio, nunca terminaron de pertenecer a ese lugar.
Marisol puso la mesa y se sentó en un arco al lado del jardín a verlos preparar la cena. Trataba de estudiarlos, como los zoólogos estudian a las aves que emigran a lugares a los que no pertenecen.
Ambos eran magos, formados en las mejores escuelas de Europa, dominaban hechizos, pociones y reglas antiguas, todo lo que el mundo mágico consideraba importante, todo lo que requería disciplina, precisión y control, y la isla Margarita, con su sal, su calor y su forma libre de existir, nunca terminó de reclamarlos del todo. A veces Marisol los chalequeaba con cariño, llamándolos navegaos, como dicen en la isla a quienes no son de allí. Ellos nunca lo encontraban gracioso, y detrás de todas las conversaciones siempre había algo más filoso esperando.
Querían que ella se fuera a estudiar y vivir a Europa.
—Marisol, ¿ya mandaste el pedido de los libros a la biblioteca? —le preguntó su papá en voz alta desde la cocina.
No, penso Marisol. Dudó en responder y finalmente no dijo nada, pero él estaba lejos y pareciera haber escuchado un sí porque continuó:
—Los pediste hace semanas, ya deberian haber llegado.
Marisol no respondio, esperando que si no lo hacia su papa se distrajera y cambiara el tema.
La cena estaba lista.
Se sentaron a la mesa, con el sonido del mar colándose desde la calle y acomodándose entre ellos, mientras su mamá servía pollo jamaiquino, con tajadas dulces ahogadas en mantequilla y queso llanero, su comida favorita, y el olor dulce llenaba la casa. Marisol no creía en ser una niña delicada y mucho menos cuando la comida estaba tan buena. Procedió a devorarse todo lo que había en la mesa con el entusiasmo de los niños en una fiesta cuando rompen la piñata.
Su papá, sin embargo, no estaba comiendo.
Miraba hacia el jardín, su atención fija más allá del arco mientras la brisa comenzaba a levantarse, primero suave y luego más intensa.
—¿Qué pasa? —preguntó Marisol con la boca llena.
—Correo de larga distancia —respondió él con una leve sonrisa mientras se levantaba, dejando la servilleta sobre la mesa y caminando hacia el jardín, apoyando una mano en el arco mientras alzaba la vista.
Los libros? pregunto su mama,
No, correo intercontinental. Respondio el.
Marisol y su mamá siguieron su mirada, pero no vieron nada.
Entonces, por un instante, la luz de la luna desapareció.
Un ventarrón sonó “JUSHHH” y atravesó el pasillo con fuerza suficiente para que a Marisol se le cayera el tenedor.
Otro “JUSH” de viento siguió, esta vez más corto, y luego un ave enorme de plumas negras descendió del cielo.
Su papá caminó hacia la abertura del jardín, donde el ave aterrizó, hizo una leve reverencia y el ave respondió de la misma manera, extendiendo una garra en la que sostenía un paquete atado con un hilo rojo y cubierto de sellos; no se quedó mucho tiempo, alzó vuelo casi de inmediato y desapareció en la noche.
—Marisol, cierra la boca —dijo su papá con una risa baja al volver a la mesa.
—¿Eso era un dragón? —preguntó ella, todavía mirando, aunque sin dejar de comer.
—¿Qué?! —Pregunto su papa, mas con un tono de exclamacion que de pregunta, su voz más aguda de lo que ella había escuchado antes.
—Eso era un cóndor andino —dijo su mamá con calma—. Ni siquiera son criaturas mágicas, son aves naturales.
—Nunca he visto un pájaro natural de ese tamaño —dijo Marisol, dudosa.
Su papá la miró, y la incredulidad se transformó rápidamente en irritación.
—No puedo creer que no sepas la diferencia entre un ave y un dragón. Eres una bruja de 14 años, Marisol. ¿Estás estudiando algo, o piensas seguir todo el día entre surfear y salir a pescar con tus amigos?
Su tono se volvió más duro. -¿Tú crees que eso te va a llevar a algún lado? siguio.
Su mamá apoyó la mano en su hombro, como pidiéndole que se calmara, antes de irse a la cocina, y aunque ella hablaba poco, cuando lo hacía él siempre le hacía caso.
Él suspiró, relajó los hombros y continuó, más calmado.
—Porque este paquete —dijo, levantándolo un poco— vino con una carta para ti, del colegio al que se supone que debes asistir este año.
Sacó la carta, rompió el sello violeta y comenzó a leer.
Marisol no era de quedarse callada. Siempre decía lo que pensaba, incluso cuando sabía que eso podía traer problemas, pero esa noche no tuvo la misma facilidad. La rabia seguía allí. No discutió mucho, no porque no quisiera, sino porque tenía miedo. Desde hace meses sentia como si no solo estuviera cambiando por fuera, como decían los adultos, sino por dentro, en un lugar más profundo que el cuerpo o la mente. No sabía si era parte de crecer… o si tenía que ver con magia. Tragó saliva, sintiendo la garganta cerrarse antes de hablar.
—No quiero ir.
Su voz salió más baja de lo que esperaba, temblando ligeramente.
Sus padres intercambiaron una mirada mientras su mamá regresaba por más platos, y por un momento casi se echó atrás, pero no lo hizo.
—Sé que creen que es lo mejor —dijo—, pero no siento que pertenezca allá… siento que pertenezco aquí.
—Esto es serio, Marisol. Es tu futuro —dijo su papá.
—Creo que mi futuro está aquí.
—Tu futuro es más grande que esta isla.
Él volvió a mirar la carta.
—Tienes dos meses para encantar un objeto con éxito. Esta es tu prueba.
Había tensión en su voz.
—Y pasar un examen de inglés.
—Eso no será problema —dijo su mamá desde la cocina.
Él dudó un momento.
—Si no pasas… te irás a Gavidia, con tu abuela Salomé.
—Pero papa, yo no siento que este…
—Mi amor, ven a ayudarme —llamó su mamá.
Marisol no pudo terminar.
Su papá se levantó y comenzó a recoger los platos, como si la conversación hubiera terminado sola.
Las palabras quedaron suspendidas. Se quedó un segundo más, mirando el espacio vacío donde el habia estado sentado, antes de levantarse lentamente y caminar hacia la hamaca. Se dejó caer en ella y se envolvió hasta quedar como en un capullo, quedándose allí incluso cuando las voces se apagaron.
No solo temía dejar la playa, el sol, las olas o a sus amigos, sino algo más incómodo: la idea de que, si se iba, ya no podría seguir evitando ciertas cosas.
Había intentado usar magia antes. No había salido bien.
Sus padres decían que era normal, que estaba aprendiendo, que todos pasaban por eso. Pero ellos no sabían todo. Había algo que Marisol no había sido capaz de contarles, algo que ni siquiera podía pensar con claridad sin sentir un nudo en la garganta. Irse significaba enfrentarlo. Miró hacia el jardín, como si pudiera encontrar una respuesta entre las hojas moviéndose con la brisa. Tenía dos meses para cumplir la tarea, pero no le preocupaba fallar, le preocupaba lo que esa tarea despertaría…
Su gato “Salado” apareció poco después y saltó sobre su pecho, su pelaje negro tibio por el sol, con olor a sal y arena.
—Hola, Sal… —murmuró. Cerró los ojos—. ¿Qué hago?
Sal parpadeó lentamente.
A través del tejido de la hamaca, miró el jardín, las hojas moviéndose con la brisa al ritmo de la bossa nova que salía de la radio de su abuelo, haciendo que la casa se sintiera llena otra vez, como si ellos siguieran allí. Recordó cómo él entraba, fingía estornudar y la salpicaba con agua de la fuente. Sonrió. Irse no sería solo dejar la casa. Sería dejarlos a ellos también. Miró de reojo la biblioteca, a la que nunca entraba. Pronto tendría que empezar a visitarla con frecuencia. Sintió un leve nudo en el estómago. Como si la estuviera esperando. Como si supiera algo de ella que ella misma no quería saber. De pronto, un recuerdo la hizo saltar y se sentó en la hamaca.
—¡Los libros! —dijo en voz alta.
Habían llegado la semana pasada, pero solo recordar lo que les pasó le daba náuseas. Su papá le había encargado ordenar los libros de preparación académica de la biblioteca de misticismo y ciencias de Bogotá. Había que pedirlos con semanas de anticipación. Temprano ese día envió una carta para pedir otra orden. Si su papá se daba cuenta de que no los tenía pronto, iba a explotar… y entonces no habría excusas, la mandarían a Gavidia, a aprender lo que fuera que ellos creían que llevaba dentro. Dejo caer la cara dentro de la palma de su mano, cubriendo sus ojos en ella, como para esconderse de su propia verguenza y frustracion consigo misma. Quizás Gavidia sería mejor, pensó. Quizás en las montañas, entre el frío y la niebla, todo eso se quedaría quieto, dormido dentro de ella, como si nunca hubiera estado ahí.
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