3. El Jardin Azul
Dejo el celular a un lado y se resigno. No habia nada mas que pudiera hacer ahora, no podia salir al malecon sin decirle a sus papas. “Manana es el campeonato, todo se resolvera” se dijo a si misma mientras se envolvia en la hamaca como una mariposa en un cacullo y los últimos ecos de las voces de sus padres se desvanecían en algo distante y sin importancia.
Salado salió de la biblioteca lo cual le pareció extraño porque nunca lo había visto entrar allí antes. Ella lo llamo para que viniera, el saltó a la hamaca y dejó caer algo que sonó como una metra contra el piso de ceramica. Marisol lo recogió enseguida. Era una perla azul oscuro.
Eso no era nuevo. Sal siempre le traía “regalos” desde que creció lo suficiente para saltar el tapiado. A veces una tapa de botella, a veces una lagartija muerta. Este sí parecía un regalo de verdad, pensó, aunque esperaba que no se lo hubiera robado a algún turista en la playa. La observó bajo la luz de la luna durante un rato y luego se metio en el bolsillo de la camisa.
Era una noche hermosa. Salado descansaba sobre su pecho, tibio y ronroneando, y eso la calmaba, incluso si sus patas llenas de arena hacían que la tela le picara.
Las palmeras se movían como si bailaran con la brisa, rozándose unas con otras en ritmos casi musicales, y los mangos, que estaban en temporada, muchos de ellos picados por pájaros y abandonados a podrirse todo el dia bajo el sol, dejaban en el aire un olor dulce y pesado que se mezclaba con la sal que siempre llegaba desde el mar. Pequeños puntos de luz parpadeaban entre los arbustos, algunas luciérnagas moviéndose lentamente, encendiéndose y apagándose como si el jardín respirara.
Cuando finalmente logro relajarse, un ruido fuerte la hizo regresar a la realidad, habia sido como el de una maquina gigante que se desplomaba, metal doblandose, callendo sobre mas metal.
“¿Qué fue eso?” murmuró, más para sí misma que para Salado.
Él no se movió, pero una de sus orejas se agitó ligeramente, como si también lo hubiera escuchado.
Sintió cómo el miedo regresaba de golpe, una anticipación ansiosa de algo que ni siquiera podía probarse a sí misma. Su mirada recorrió el jardín, siguiendo el sendero estrecho que se abría entre los arbustos hacia la pared del fondo, el mismo que recorrio esa noche mas temprano para usar la manguera, el mismo que había recorrido mil veces durante el día sin pensarlo, pero que en la ahora en la oscuridad, parecía más profundo.
Entrecerró los ojos.
Por un momento creyó ver algo moverse, pero cuando enfocó mejor, no había nada, solo hojas y sombras mezclándose. Estuvo a punto de apartar la mirada. Entonces una luz amarilla sin forma definida cruzó el jardín, rápida y silenciosa. La vio. Su respiración se detuvo. Un segundo despues se asomo una la bola de fuego al fondo del sendero. flotaba en el aire como un pequeno sol y parecia animada, casi como si pudiera ver a Marisol, como si esperara algo de ella. Sintió como si le hubieran echado un balde de agua helada encima. Todo su cuerpo se despertó de golpe. Se quedó quieta, mirando, mientras su corazón comenzaba a latir más rápido. Lentamente levanto el torso de la hamaca, intentando no despertar a Salado, pero él ya estaba alerta, su cabeza levantándose, sus ojos fijos en el mismo punto.
“¿Sal…?” dijo en voz baja.
Su cuerpo se tensó y sin previo aviso, saltó al suelo.
“Ey—”
Pero ya estaba corriendo hacia el jardín. El corazón de Marisol se hundió.
“¡Sal!”
Sacó las piernas de la hamaca y sus pies descalzos tocaron el suelo frío mientras se levantaba.
“¡Salado!”
El miedo apareció de inmediato, no por ella, sino por él. Avanzó, primero despacio y luego más rápido, atravesando las columnas y entrando al jardín, sintiendo la tierra blanda y mojada bajo sus pies, mientras el aire a su alrededor se volvía más denso. El camino estaba allí, pero ya no se sentía igual. Las sombras eran más profundas. Las plantas, más cercanas. Más vivas. Corrió, esperando encontrar el final del jardín, la pared donde amarraba manguera, pero no apareció. El camino se alargó. Los arbustos crecieron más densos, más verdes. La tierra se convirtio en arena bajo sus pies. Todo empezó a sentirse como un sueño. Su paso se volvió más lento a medida que el miedo crecía, avanzando hasta encontrar una apertura donde las palmeras eran más altas, donde había flores que no había visto antes, y donde el cielo era distinto. Como en los libros de astronomía de su infancia, las estrellas parecían más cercanas, las constelaciones más brillantes, y se podían ver tonos violetas y verdes extendiéndose como galaxias lejanas. En el horizonte, una playa. La luna atravesando túneles perfectos formados por las olas. Supo de inmediato dónde estaba.
Su isla azul.
Y sin embargo, todo se sentía distinto, como si una tela brillante hubiera sido colocada sobre la realidad. La arena era más suave bajo sus pies y la brisa llevaba algo nuevo, casi como una melodía, junto con un aroma a coco, dulce y tibio, como un recuerdo que no lograba ubicar. Parecía un sueño. Pero se sentía más real que la realidad anterior. Cerca de ella, un estanque de agua dulce brillaba con una luz azul suave, moviéndose como una constelación viva. Peces dorados nadaban con lentitud, otros rosados cruzándose entre ellos, sus escamas reflejando la luz, junto a pequeños pulpos brillantes y criaturas que se arrastraban con colores que nunca había visto. Era lo más hermoso que había visto en su vida.
Marisol dio un paso atrás, moviéndose sin girarse hasta que su espalda chocó contra el tronco de una palma. Se apoyó en él, tratando de respirar, de entender. Toda aquella infinita belleza dejo que sus hombros se relajaran. Algo se movió sobre ella.
Alzó la mirada. Una criatura azul claro, como una langosta, descendía lentamente. Por un momento, sus miradas se encontraron. Marisol soltó un pequeño grito. La criatura abrió los ojos, sorprendida, pero no hizo ningún sonido. La observó un instante y luego continuó su descenso, deslizándose dentro del agua brillante. Marisol tragó saliva. Recordó todo lo que su mamá le había enseñado sobre criaturas mágicas, lo fascinada que había estado de niña, convencida de que algún día las vería, algo que había dejado atrás después de no haber encontrado ninguna. Ni siquiera a Sal.
- Salado!
Comenzó a caminar, buscando entre los árboles, cerca de la playa, entre las sombras.
“Sal…” susurró mientras buscaba su figura negra entre los arbustos.
Un gato negro de bruja podía comunicarse con su bruja como dos personas conversando, pero cuando la bruja era joven, el gato hablaba mucho menos. No podían tener conversaciones completas. Ella podía escuchar su voz en su mente, pero solo cuando el gato tenía algo realmente importante que decir. Sal también era joven, apenas tenía ocho meses. Recordó el día en que lo encontró, cerca de la carretera, junto a un basurero, tan pequeño como un kiwi. Apenas tenia dias de nacido. Siguió buscándolo hasta que lo encontró sentado sobre una roca entre las plantas.
“Sal… ¿qué está pasando? ¿Estamos en La Azulita o qué es este lugar?” preguntó en voz baja, como si alguien pudiera oírla.
Sal no dijo nada, solo la miró, parpadeó un par de veces y salió corriendo.
“¡Sal!”
Corrió tras él, siguiendo la curvatura de la isla hacia un lugar que no conocía.
Decidió salirse del sendero frondoso hacia la playa, donde quizá tendría mejor visibilidad, pero la vegetación se volvió más espesa y tropezó una y otra vez.
La molestia fue creciendo poco a poco. El miedo y la ansiedad se apoderaron de sus sentidos hasta que el calor nació de nuevo en su pecho, subiendo por su brazo.
Al apartar las ramas, una llama brotó en su mano.
Por un instante, el fuego iluminó el verde vivo de la maleza.
Soltó un grito corto y se sujetó la mano con la otra, apretándola con fuerza hasta que le dolió. Se agachó en la oscuridad, intentando calmarse, respirando profundo antes de continuar, esta vez más despacio.
Cuando por fin alcanzó la apertura hacia la orilla, lo vio.
A Salado.
Y más allá, donde las olas rompían contra las rocas, un caballo.
Era grande. Su color era difícil de describir, como el interior de una ostra o una perla clara, con destellos plateados que se movían como olas.
Marisol se quedó paralizada.
La belleza del caballo no era natural. Ni siquiera parecía mágica. Era algo de otro mundo.
Sal corrió hacia él y saltó sobre su lomo. El caballo se sobresaltó un segundo, pero luego lo reconoció y movió la cola con suavidad.
Cuando vio a Marisol, no huyó.
La observó.
Se acercó hasta quedar frente a ella y le olfateó la cabeza. Eso le hizo cosquillas y soltó una pequeña risa, mitad nervio, mitad asombro.
El caballo avanzó un poco más y se detuvo a su lado.
Marisol entendió de inmediato.
Quería que lo acariciara.
Como Sal… o como Rey, el perro de Charlotte, cuando pedían cariño sin necesidad de palabras.
Extendió su mano temblorosa y acarició su melena, bajando lentamente hacia el hombro mientras tomaba confianza.
Las ondas plateadas la inquietaban, pero también la fascinaban.
Sus ojos eran negros. En su melena había una pequeña trenza con pepitas de plastico. Frunció el ceño. Eran como las pepitas que le ponían en la playa las senoras de las clinejas cuando era niña. Era surreal ver algo tan comun como un pedazo de plastico “adornando” a una criatura tan enigmatica. Es como si le pusieran una calcomania al amanecer.
Entonces noto que en hombro del caballo habia un pliegue. Y plumas... Eran completamente invisibles, a menos que las tocara. Pudo ver plumas de un azul claro, con un leve brillo bajo la luz blanca de la luna que era lo unico que tenia para guiarla en la oscuridad.
Contuvo la respiración. Soltó un pequeño jadeo. El caballo miró hacia el mar y siguió caminando.
Sal bajó de su lomo y la miró.
Marisol lo observó alejarse por unos minutos antes de volver sobre sus pasos, con el corazón acelerado.
Sal la siguió.
Entonces notó que Sal llevaba algo en la boca. Era la perla azul. No se habia dado cuenta de que se le habia caido.
Y entonces lo escuchó. No en voz alta, en su mente.
Tómala.
Era la voz de Sal. Por primera vez la escuchaba.
“Sal, no deberia estar aqui… le dijo a su gato mientras las lagrimas corrian por su cara. Salado siguio cada uno de sus movimientos con la mirada y cuando termino de hablar, se hacerco a ella y dejo caer la perla frente a su pie. Marisol se seco los ojos con las manos, tomó la perla y esta vez se la guardo en un bolcillo de sus horts que tenia cierre.
Y las luces aparecieron, marcando el camino frente a ella. Las siguió, paso a paso, hasta que salió y estaba de nuevo en el jardín de su casa. Caminó a travez de el, dando gracias mientras miraba el cielo, por haber regresado a casa con Sal y a salvo.
Se sento en su escritorio y trato de no pensar por un rato. Abrio una gaveta llena de materiales de manualidades; paso una hora tejiendo un collar sencillo de macrame a la perla. Mientras lo hacia, recordo que ya habia visto cosas extranas en La Azulita, sobretodo cuando era nina. Una vez vio a una mujer de cabello blanco en el agua y cuando se la senalo a sus abuelos se desaparecio. Desde ese dia sus abuelos y ella se despedian siempre de la “La sirena de La Azulita” desde el bote de regreso a casa. En otra ocacion dijo haber visto a una personita dentro de una flor de Kala. Cuando crecio penso que eran cosas de la imaginacion de los ninos, pero ahora no sabia que pensar. Cuando lo termino de tejer quizo ponerselo en el cuello, pero finalmente decidio no hacerlo y lo guardo en un cofre de su peinadora
Dudo entre irse a dormir ya o bañarse primero. Eligió banarse en la ducha del patio, donde se bananban cuando llegaban de la playa. El agua siempre la calmaba, enfriando el fuego en su mente mientras admiraba las paredes de piedra, las plantas colgando a su alrededor y el cielo nocturno. Su cielo. El que conocía.
El agua la calmó.
Pero el calor seguía allí.
Se frotó la mano con jabón, una y otra vez, hasta que le ardió la piel.
No se fue.
No sabía si podría controlarlo la próxima vez.
1,764 words
7 to 8 pages