3. El Jardin Azul
Marisol se quedó en la hamaca mucho después de que la casa quedara en silencio, envuelta en ella como una mariposa en un cacullo, mientras la noche se asentaba lentamente a su alrededor y los últimos ecos de las voces de sus padres se desvanecían en algo distante y sin importancia. Salado descansaba sobre su pecho, tibio y ronroneando, y eso la calmaba, incluso si sus patas llenas de arena hacían que la tela le picara.
Su mamá la llamó desde el cuarto.
“Marisol, no olvides regar las matas, ayer se te pasó.”
No era entusiasta con la mayoría de los encargos y muchas veces intentaba evitarlos usando magia, aunque todavía no era muy buena en eso. Este en particular lo hacía de corazón, porque era algo que compartían sus abuelos, lo único que hacían juntos sin magia, y le gustaba hacerlo descalza, sintiendo el césped húmedo entre los dedos y respirando el olor de la tierra, que a veces era tan fuerte que la hacía toser, pero que aun así le resultaba agradable.
Caminó por el sendero del jardín que llevaba hasta la pared del fondo, donde estaba conectada la manguera, regó las plantas por unos minutos mientras jugaba con la presión del agua y trataba de asustar a Sal salpicando contra la columna, pero él ya no estaba en la hamaca. Cuando terminó, arrastró la manguera de vuelta por el camino, la enrolló en su soporte en la pared, se secó los pies con una toalla de playa que colgaba junto a la hamaca y volvió a acostarse.
Salado salió de la biblioteca y ella lo llamó para que viniera, lo cual le pareció extraño porque nunca lo había visto entrar allí antes. Saltó a la hamaca y dejó caer algo que sonó como una metra contra el piso de ceramica. Marisol lo recogió enseguida. Era una perla azul oscuro atada a un hilo delgado color marrón.
Eso no era nuevo. Sal siempre le traía “regalos” desde que creció lo suficiente para saltar el tapiado. A veces una tapa de botella, a veces una lagartija muerta. Este sí parecía un regalo de verdad, pensó, aunque esperaba que no se lo hubiera robado a algún turista en la playa. La observó bajo la luz de la luna durante un rato y luego se la puso al cuello sin decir nada.
Era una noche hermosa.
Las palmeras se movían como si bailaran con la brisa, rozándose unas con otras en ritmos casi musicales, y los mangos, que estaban en temporada, muchos de ellos picados por pájaros y abandonados a madurar al sol todo el día, dejaban en el aire un olor dulce y pesado que se mezclaba con la sal que siempre llegaba desde el mar. Pequeños puntos de luz parpadeaban entre los arbustos, algunas luciérnagas moviéndose lentamente, encendiéndose y apagándose como si el jardín respirara.
Sus pensamientos volvieron al mar, al momento en que la luz había surgido de La Azulita, a la forma en que se había fragmentado y caído como algo sacado de una película de acción, una mezcla entre un fuego artificial y una bomba atómica, hermoso y terrible. El recuerdo no terminaba de acomodarse dentro de ella. Presionaba su mente como si llevara el peso de la isla dentro de la cabeza, y junto con la nueva responsabilidad del colegio, era demasiado para cargar esa noche.
Entonces escuchó un ruido fuerte, como una maquina gigante que se desplomaba.
“¿Qué fue eso?” murmuró, más para sí misma que para Salado.
Él no se movió, pero una de sus orejas se agitó ligeramente, como si también lo hubiera escuchado.
Sintió cómo el miedo regresaba de golpe, una anticipación ansiosa de algo que ni siquiera podía probarse a sí misma. Su mirada recorrió el jardín, siguiendo el sendero estrecho que se abría entre los arbustos hacia la pared del fondo, el mismo que acababa de recorrer para usar la manguera, el mismo que había recorrido mil veces durante el día sin pensarlo, pero que en la ahora en la oscuridad, parecía llevar más lejos.
Entrecerró los ojos.
Por un momento creyó ver algo moverse, pero cuando enfocó mejor, no había nada, solo hojas y sombras mezclándose.
Estuvo a punto de apartar la mirada. Entonces una luz amarilla sin forma definida cruzó el jardín, rápida y silenciosa. La vio. Su respiración se detuvo. Un segundo despues se asomo una la bola de fuego al fondo del sendero. flotaba en el aire como un pequeno sol y parecia animada, casi como si pudiera verla, como si esperara algo de ella.
Sintió como si le hubieran echado un balde de agua helada encima.
Todo su cuerpo se despertó de golpe. Se quedó quieta, mirando, mientras su corazón comenzaba a latir más rápido.
Ya había sentido esto antes, en la lancha.
Lentamente se incorporó en la hamaca, intentando no despertar a Salado, pero él ya estaba alerta, su cabeza levantándose, sus ojos fijos en el mismo punto.
“¿Sal…?” dijo en voz baja.
Su cuerpo se tensó.
Y sin previo aviso, saltó al suelo.
“Ey—”
Pero ya estaba corriendo hacia el jardín.
El corazón de Marisol se hundió.
“¡Sal!”
Sacó las piernas de la hamaca y sus pies descalzos tocaron el suelo frío mientras se levantaba.
“¡Salado!”
El miedo apareció de inmediato, claro y preciso, no por ella, sino por él.
Avanzó, primero despacio y luego más rápido, atravesando las columnas y entrando al jardín, sintiendo la tierra blanda y mojada bajo sus pies, mientras el aire a su alrededor se volvía más denso. El camino estaba allí, pero ya no se sentía igual. Las sombras eran más profundas. Las plantas, más cercanas. Más vivas.
Corrió, esperando encontrar el final del jardín. La pared donde amarraba manguera. Pero no apareció.
El camino se alargó.
Los arbustos crecieron más densos, más verdes. La tierra se convirtio en arena bajo sus pies.
Todo empezó a sentirse como un sueño.
Su paso se volvió más lento a medida que el miedo crecía, avanzando hasta encontrar una apertura donde las palmeras eran más altas, donde había flores que no había visto antes, y donde el cielo era distinto. Como en los libros de astronomía de su infancia, las estrellas parecían más cercanas, las constelaciones más brillantes, y se podían ver tonos violetas y verdes extendiéndose como galaxias lejanas.
En el horizonte, una playa. La luna atravesando túneles perfectos formados por las olas.
Supo de inmediato dónde estaba.
Su isla azul.
Y sin embargo, todo se sentía distinto, como si una tela brillante hubiera sido colocada sobre la realidad que conocía. La arena era más suave bajo sus pies y la brisa llevaba algo nuevo, casi como una melodía, junto con un aroma a coco, dulce y tibio, como un recuerdo que no lograba ubicar.
Parecía un sueño. Pero se sentía más real que la realidad anterior.
Cerca de ella, un estanque de agua dulce brillaba con una luz azul suave, moviéndose como una constelación viva. Peces dorados nadaban con lentitud, otros rosados cruzándose entre ellos, sus escamas reflejando la luz, junto a pequeños pulpos brillantes y criaturas que se arrastraban con colores que nunca había visto.
Era lo más hermoso que había visto en su vida.
Marisol dio un paso atrás, moviéndose sin girarse hasta que su espalda chocó contra el tronco de una palma. Se apoyó en él, tratando de respirar, de entender.
Toda aquella infinita belleza dejo que sus hombros se relajaran.
Algo se movió sobre ella.
Alzó la mirada.
Una pequeña criatura azul cllaro, como una langosta, descendía lentamente.
Por un momento, sus miradas se encontraron. Marisol soltó un pequeño grito. La criatura abrió los ojos, sorprendida, pero no hizo ningún sonido. La observó un instante y luego continuó su descenso, deslizándose dentro del agua brillante.
Marisol tragó saliva.
Recordó todo lo que su mamá le había enseñado sobre criaturas mágicas, lo fascinada que había estado de niña, convencida de que algún día las vería, algo que había dejado atrás después de no haber encontrado ninguna. Ni siquiera a Sal.
Sal.
Comenzó a caminar, buscando entre los árboles, cerca de la playa, entre las sombras.
“Sal…” susurró.
Un gato negro de bruja podía comunicarse con su bruja como dos personas conversando, pero cuando la bruja era joven, el gato hablaba mucho menos. No podían tener conversaciones completas. Ella podía escuchar su voz en su mente, pero solo cuando el gato tenía algo realmente importante que decir.
Sal también era joven, apenas tenía ocho meses. Recordó el día en que lo encontró, cerca de la carretera, junto a un basurero, tan pequeño que parecía un llavero de peluche. Apenas tenia dias de nacido.
Siguió buscándolo hasta que lo encontró sentado sobre una roca cerca de la orilla.
“Sal… ¿qué está pasando? ¿Estamos en La Azulita o qué es este lugar?” preguntó en voz baja, como si alguien pudiera oírla.
Sal no dijo nada, solo la miró, parpadeó un par de veces y salió corriendo.
“¡Sal!”
Corrió tras él, siguiendo la curvatura de la isla hacia un lugar que no conocía.
Y entonces lo vio.
Donde las olas rompían contra las rocas, un caballo grande. Su color era difícil de describir, como el interior de una ostra o una perla clara, con destellos plateados que se movían como olas.
Marisol se quedó paralizada. La belleza del caballo no era natural, no parecia nisiquiera magica, era algo de otro mundo.
Sal corrió hacia él y saltó sobre su lomo.
El caballo se sorprendió por un segundo, pero luego lo reconoció y movió la cola suavemente.
Cuando vio a Marisol, no huyó. La observó. Se acercó hasta quedar frente a ella y le olfateó la cabeza.
Eso le dio cosquillas y comenzo a reir, por eso y por los nervios.
El caballo camino un poco mas y se detuvo lateral a ella. Inmediatamente Marisol entendio que el queria que le hiziera carino. Como Sal o Rey, el perro de Chalotte lo pedian sin decir una palabra.
Extendió su mano temblorosa y acarició su melena, bajando lentamente hacia el hombro mientras tomaba confianza.
Las ondas plateadas la inquietaban, pero también la fascinaban.
Sus ojos eran negros. En su melena había una pequeña trenza con cuentas plásticas. Frunció el ceño. Eran como las cuentas que le ponían cuando era niña en la playa las senoras de las clinejas. Era surreal ver algo tan comun como un pedazo de plastico “adornando” a una criatura tan enigmatica. Es como si le pusieran una calcomania al amanecer.
Entonces noto que en hombro del caballo habia un pliegue. Y plumas... Eran completamente invisibles, a menos que las tocara. Pudo ver plumas de un azul claro, con un leve brillo bajo la luz blanca de la luna que era lo unico que tenia.
Contuvo la respiración. Soltó un pequeño jadeo. El caballo miró hacia el mar y siguió caminando.
Sal bajó de su lomo y la miró.
Marisol lo observó alejarse unos segundos antes de volver sobre sus pasos, con el corazón acelerado.
Sal la siguió.
Entonces notó que Sal llevaba algo en la boca. Era el collar. No se habia dado cuenta de que se le habia caido.
Y entonces lo escuchó. No en voz alta, en su mente.
Tómalo.
Era la voz de Sal. Por primera vez la escuchaba, era como la voz de un nino mas o menos de 8-10 anos. Lo tomó y se lo puso.
Y las luces aparecieron, marcando el camino frente a ella. Las siguió, paso a paso, hasta que salió y estaba de nuevo en el jardín. Caminó a travez de el, dando gracias mientras miraba el cielo, por haber regresado a casa con Sal y a salvo. Dudo entre irse a dormir o bañarse.
Eligió banarse en la ducha del patio. El agua siempre la calmaba. El agua de la ducha enfrió el fuego en su mente mientras miraba las paredes de piedra, las plantas colgando a su alrededor y el cielo nocturno.
Su cielo. El que conocía. Poco a poco, la ansiedad comenzó a desaparecer.