2. La Carta
Después de asegurarle a Charlotte que estaba bien, se abrazaron y se despidieron.
Marisol la observó mientras se alejaba patinando.
Cruzó la calle y caminó hacia su casa, que estaba a pocos pasos de la playa, una vieja casa colonial, modesta en su estructura pero llena de un encanto tranquilo e innegable, no porque en ella viviera una familia de Magos, sino porque estaba llena del calor de sus seres queridos, de sus vecinos, y de la luz de los faroles que brillaban en la oscuridad de la noche.
Había pertenecido a sus abuelos, los padres de su papá. Su abuelo había sido un mago, y su abuela, hija de pescador, había pasado su juventud ayudando a vender la pesca del día antes de convertirse en buceadora de perlas.
Sus vidas todavía permanecían allí, no en algo evidente o necesariamente mágico, sino en la forma en que la casa conservaba el calor incluso cuando estaba vacía, en el crujido de la madera como si recordara voces, en el aire mismo que parecía cargar historias que se negaban a desaparecer.
Su abuelo Ognjen (Horacio para los locales, porque nadie sabia como pronunciar eso) había venido desde Croacia a estudiar maldiciones en el nuevo continente, intrigado por Lope de Aguirre, un personaje terrible y cruel pero también profundamente misterioso.
Ognjen había seguido el rastro de las maldiciones de Aguirre a través del continente, hasta llegar a El Tirano, donde muchos decían que Aguirre estaba loco. El creía que la “locura” de Aguirre de debia a que en alguna de sus aventuras, había descubierto la magia sin querer, una magia profunda que utilizó para alcanzar sus deseos humanos, creando con ello una red de problemas aún mayor.
Ognjen Había llegado con la intención de quedarse solo un mes, pero allí conoció a María Helena, y un mes se convirtió en un verano, y los veranos en Margarita son eternos, así que se quedó para siempre, dedicando su vida no solo a estudiar la maldición sino a intentar romperla, aunque nunca logró hacerlo, pero sí alcanzó algo más grande, se casó con María Helena, compró la casa frente a la playa en El Tirano y juntos construyeron una vida tranquila y sencilla, pero hermosa.
Sus padres, en cambio, nunca terminaron de pertenecer a ese lugar.
Ambos eran Magos poderosos, formados en las mejores escuelas de Europa, dominaban hechizos, pociones y reglas antiguas, todo lo que el mundo mágico consideraba importante, todo lo que requería disciplina, precisión y control, y la isla Margarita, con su sal, su calor y su forma libre de existir, nunca terminó de reclamarlos del todo. En momentos tranquilos Marisol solía chalequearlos con carino, llamándolos navegaos, como dicen en la isla a quienes no son de allí, aunque en realidad sí lo fueran, pero ellos nunca lo encontraban gracioso, y detrás de esos comentarios siempre había algo más filoso esperando.
Querían que ella se fuera a estudiar y vivir a Europa.
Era un tema constante, a veces suave, a veces no tanto, pero siempre con el mismo peso, con la misma certeza de que su vida debía ocurrir en otro lugar, uno más grande, uno mejor, mientras que sus padres representaban estructura, disciplina, libros ordenados sobre mesas pulidas, un futuro que podía medirse y planearse, y Marisol era sol, sal y mar, algo menos definido pero mucho más enraizado al mismo tiempo, incapaz de imaginarse en otro lugar.
Después de cambiarse, la cena estaba lista.
La casa se abría hacia adentro, construida alrededor de un jardín cuadrado en el centro, con corredores abiertos que lo rodeaban por completo, de modo que desde cualquier punto la mirada regresaba a ese corazón verde y vivo, y fuera de su cuarto, entre dos columnas, colgaba una hamaca con el tejido ligeramente gastado por los años, su refugio, especialmente en noches como esa, cuando la cena podía convertirse en conversaciones que no quería tener, y esa noche ya había hecho una “reservacion” para escapar allí después.
Se sentaron a la mesa, con el sonido del mar colándose desde la calle y acomodándose entre ellos, mientras su mamá servía pollo jamaiquino, con tajadas dulces con mantequilla y queso llanero, su comida favorita, y el olor llenaba la casa con algo cálido y familiar.
Su papá, sin embargo, no estaba comiendo.
Miraba hacia el jardín, su atención fija más allá del arco mientras la brisa comenzaba a levantarse, primero suave y luego más intensa.
“¿Qué está pasando?” preguntó Marisol después de tragar el primer bocado.
“Correo de larga distancia,” respondió él con una leve sonrisa mientras se levantaba, dejando la servilleta sobre la mesa y caminando hacia el jardín, apoyando una mano en el arco mientras alzaba la vista.
Marisol y su mamá siguieron su mirada, pero no vieron nada.
Entonces, por un instante, la luz de la luna desapareció.
Un ventarron sono“JUSHHH” atravesó el pasillo con fuerza suficiente para que a Marisol se le callera el tenedor.
Otro “JUSH” de viento siguió, esta vez mas corto, y luego un ave enorme de plumas negras descendió del cielo.
Su papá caminó hacia la abertura del jardín, donde el ave aterrizó, hizo una leve reverencia y el ave respondió de la misma manera, extendiendo una garra en la que sostenía un paquete atado con un hilo rojo y cubierto de sellos; no se quedó mucho tiempo, alzó vuelo casi de inmediato y desapareció en la noche.
“Marisol, cierra la boca,” dijo su papá con una risa baja al volver a la mesa.
“¿Eso era un dragón?” preguntó ella, todavía mirando, aunque sin dejar de comer.
“¿Qué?” su voz subió más de lo que ella había escuchado antes.
“Eso era un cóndor andino,” dijo su mamá con calma. “No son criaturas mágicas, son aves normales con un ligero encantamiento.”
“Nunca he visto un pájaro natural de ese tamaño,” dijo Marisol, dudosa.
Su papá la miró, y la incredulidad se transformó rápidamente en irritación.
“No puedo creer que no sepas la diferencia entre un ave y un dragón. Eres una bruja de trece años, Marisol. ¿Estás estudiando algo entre surfear y salir a pescar con tus amigos?”
Su tono se volvió más duro.
Su mamá apoyó la mano en su hombro, como pidiéndole que se calmara, antes de irse a la cocina, y aunque ella hablaba poco, cuando lo hacía él siempre le hacia caso.
Él suspiró, relajó los hombros y continuó, más calmado.
“Porque este paquete,” dijo, levantándolo un poco, “vino con una carta para ti, del colegio al que se supone que debes asistir este año.”
Sacó la carta, rompió el sello morado y comenzó a leer.
Marisol se quedó en silencio, con las manos apoyadas sobre la mesa, presionando ligeramente la superficie mientras reunía el valor para hablar, porque nunca había sido buena con la confrontación, aunque muchos pensaran que sí por su forma de vestir, su piel marcada por el sol, su cabello siempre un poco desordenado por el mar, pero en realidad era suave, tranquila, alguien que prefería dejar pasar las cosas antes que convertirlas en conflicto.
Pero esta vez no pudo.
Tragó saliva, sintiendo la garganta cerrarse antes de hablar.
“No quiero ir.”
Su voz salió más baja de lo que esperaba, temblando ligeramente.
Sus padres intercambiaron una mirada mientras su mamá regresaba por más platos, y por un momento casi se echó atrás, pero no lo hizo.
“Sé que creen que es lo mejor,” dijo, “pero no siento que pertenezca allá… siento que pertenezco aquí.”
“Esto es serio, Marisol. Es tu futuro,” dijo su papá.
“Creo que mi futuro está aquí.”
“Tu futuro es más grande que esta isla.”
Él volvió a mirar la carta.
“Tienes dos meses para encantar un objeto con éxito. Esta es tu prueba.”
Había tensión en su voz.
“Y pasar un examen de inglés.”
“Eso no será problema,” dijo su mamá desde la cocina.
Él dudó un momento.
“Si no pasas… te irás a Gavidia, con tu abuela Salomé.”
“Pero yo no veo…”
“Mi amor, ven a ayudarme,” llamó su mamá.
Marisol no pudo terminar.
Su papá se levantó y comenzó a recoger los platos, como si la conversación hubiera terminado sola.
Las palabras quedaron suspendidas.
Se quedó un segundo más, mirando el espacio vacío, antes de levantarse lentamente y caminar hacia la hamaca, dejándose caer en ella y envolviéndose hasta quedar como en un capullo, quedándose allí incluso cuando las voces se apagaron, con la rabia todavía presente, mezclada con algo más difícil de nombrar, tal vez miedo, tal vez la certeza de que esta vez hablaban en serio.
Tenía dos meses para cumplir una tarea que su corazón no quería aceptar.
Pero no era solo la idea de dejar la playa, el sol, las olas, o a sus amigos, sino algo más profundo, el miedo de que si se iba, la vida la arrastraría lejos, hacia expectativas que no eran suyas, hacia caminos que no había elegido, hacia una versión de sí misma distante de la isla.
Ya lo había visto antes.
La gente se iba y no volvía. No podía soportar la idea de que ese fuera su destino. Así que se aferró a una esperanza que no se atrevía a decir en voz alta, que sus padres cambiaran de opinión, que entendieran, que la dejaran quedarse.
Su gato “Salado” apareció poco después y saltó sobre su pecho, su pelaje negro tibio por el sol con olor a sal y arena.
“Hola, Sal…” murmuró. Cerró los ojos.“¿Qué hago?”
Sal parpadeó lentamente.
A través del tejido de la hamaca, miró el jardín, las hojas moviéndose con la brisa al ritmo de la bossa nova que salía de la radio de su abuelo, haciendo que la casa se sintiera llena otra vez, como si ellos siguieran allí.
Recordó cómo él entraba, fingía estornudar y la salpicaba con agua de la fuente.
Sonrió.
Irse no sería solo dejar la casa.
Sería dejarlos a ellos también.
Y aun así, en algún lugar dentro de ella, algo se resistía, como si supiera que lo que había comenzado en el mar no iba a dejarla ir tan fácilmente.