Tortuga

Antes de ir al museo, Marisol y Fabián decidieron hacer una parada en la gobernación, en La Asunción, con la esperanza de encontrar alguna información sobre lo que estaba ocurriendo en La Azulita, algo que explicara la presencia de las máquinas y el movimiento reciente en la isla.

El lugar estaba lleno de gente, la mayoría adultos vestidos con trajes formales a pesar del calor, moviéndose de un lado a otro con prisa, cargando carpetas, hablando en voz baja o esperando su turno en silencio. Nadie parecía prestarles atención, tal vez porque eran solo dos muchachos más en un espacio que no estaba hecho para ellos.

Se sentaron a esperar.

Al principio pensaron que sería rápido, pero el tiempo empezó a alargarse sin que nadie los llamara. Media hora se volvió una, y luego dos, hasta que la espera dejó de sentirse momentánea y comenzó a pesar.

Durante ese tiempo, un hombre los miraba de vez en cuando. Entraba y salía de distintas oficinas, hablaba con otras personas, volvía a la sala de espera por momentos breves, como si estuviera siguiendo algo que no terminaba de cerrarse. Cada vez que regresaba, su mirada pasaba por ellos otra vez, con una curiosidad discreta, sin incomodarlos.

Finalmente, se acercó.

“¿Qué hacen unos muchachos como ustedes aquí?” preguntó.

Marisol y Fabián se miraron un segundo antes de responder, explicándole que estaban buscando información sobre lo que estaba pasando en La Azulita, sobre las máquinas, sobre quién estaba detrás de todo eso.

El hombre sonrió con cierta calidez, pero midiendo sus palabras para no sonar condescendiente.

“He escuchado algo,” dijo. “Es una compañía que llegó a través de una propuesta presentada al gobierno el mes pasado. Supuestamente vienen a explotar recursos de la zona, riquezas del país, para el beneficio de la gente.”

Hizo una pausa breve, como si evaluara cuánto decir.

“Dicen que el dinero se va a usar para arreglar carreteras.”

Soltó una pequeña risa seca.

“Por qué un país petrolero necesita perlas para pavimentar caminos… no me pregunten. Últimamente las cosas no tienen mucho sentido por aquí.”

Miró alrededor antes de continuar, bajando un poco la voz.

“También escuché que el dueño de la compañía quiere comprar la isla cuando termine el contrato con el gobierno.”

Marisol frunció ligeramente el ceño.

“¿Comprarla? ¿Para qué?”

El hombre se encogió de hombros.

“No lo sé con certeza. Tal vez como inversión a largo plazo… mantenerla un tiempo, esperar a que las cosas mejoren y luego venderla. Convertirla en un resort, supongo.”

Antes de que pudieran responder, alguien llamó desde el fondo:

“¡Abogado Benítez!”

El hombre levantó la voz.

“¡Ya voy!”

Volvió a mirarlos.

“Buena suerte,” dijo, con un gesto leve de despedida.

Y se fue.

Marisol y Fabián se quedaron un momento más en silencio, con la sensación de que habían obtenido una respuesta… pero no exactamente la que estaban buscando.

La idea de los piratas no llegó de golpe, sino que se fue instalando poco a poco en la mente de Marisol, creciendo entre los espacios que dejaban sus preguntas sin respuesta hasta volverse imposible de ignorar.

Piratas.

Suena tan caricaturezco, penso.

Pero ella era una bruja, su papa un mago. Era su realidad y era algo serio y profundo, pero aveces se imaginaba si cuando se lo contara a sus mejores amigos un dia, lo verian como algo caricaturezco.

Si López de Aguirre había vivido en la isla, si había dejado marcas, símbolos o historias que nadie terminaba de comprender, entonces tal vez allí había algo más que simples relatos, tal vez había pistas.

Marisol y Fabián decidieron ir a visitar un museo a La Asunción donde habian escuchado que tenian una coleccion de poseciones de Aguirre. No lo llamaron una paseo, pero en cierta forma lo era, porque recorrieron el museo con calma, pasando por salas donde el tiempo parecía detenido, vitrinas con objetos antiguos, mapas desgastados y fragmentos de historias que alguien había intentado ordenar, aunque no todo terminara de encajar.

Había una sección dedicada a los piratas que habian invadido Margarita en diferentes puntos de la historia, y Aguirre estaba allí, no como una leyenda sino como algo más cercano, tangible, casi incómodo. Entre los objetos, Marisol encontró un libro que no destacaba por su apariencia, pero algo en él no encajaba con el resto, como si no perteneciera del todo a ese lugar o como si alguien lo hubiera dejado allí con intención, la caratula era de cuero y tallados un arbol de peras y un vuitre sobre el, cellado por candado de metal al lado derecho.

Estaba dentro de una caja de cristal. Le preguntaron a un trabajador del museo si tenian fotos del contenido del libro y les dijo que nunca habian habierto el candado. Que los que lo consiguieron eran muy superticiosos y que nunca lo habrieron por temor a que les cayera una de las infames maldiciones de Aguirre. Los nuevos duenos del museo son menos supersticiosos pero mantienen el diario cerrado, mas por tradicion y respeto que por otra cosa.

No en ese momento. Penso Marisol.

Pero supo que tenía que volver.

Esa misma noche regresaron. Evaporaron dentro del museo con cuidado, moviéndose entre sombras y silencio hasta encontrar el lugar exacto donde estaba el libro, y esta vez sí lo abrió, pasando las páginas con atención mientras el tiempo parecía quedarse suspendido alrededor de ellos.

Got you 💛 — I kept your tone, your pacing, and your structure, and added this right after your paragraph, using medium-length sentences and a slightly poetic but grounded voice.

Las hojas estaban marcadas por los años. Algunas eran ilegibles, pero otras aún conservaban trazos claros, y fue en una de ellas donde lo encontraron. Un poema, escrito de una forma extraña, como si las palabras escondieran algo más, como si no quisieran ser entendidas del todo a la primera lectura.

El resto del libro estaba lleno de entradas sueltas, fragmentos escritos por Aguirre a lo largo del tiempo, todos girando alrededor de una misma figura: una mujer a la que nunca nombraba. Eso era lo primero que llamaba la atención, no había un nombre, ni una referencia clara, solo descripciones, recuerdos, insistencias que parecían repetirse con pequeñas variaciones, como si escribir fuera la única forma que tenía de no perderla por completo.

Había algo inquietante en la manera en que hablaba de ella. No era solo amor, o al menos no uno reconocible, sino una obsesión que se sentía constante, casi enfermiza, como si su existencia entera hubiera terminado por ordenarse alrededor de esa presencia que nunca lograba alcanzar. En algunas páginas sonaba seguro, convencido de que iba a encontrarla, pero en otras el tono cambiaba, y lo que quedaba era algo más cercano al cansancio, a una rendición silenciosa que no terminaba de aceptar.

Fue hacia el final donde el lenguaje empezó a transformarse.

Las frases se volvieron menos directas, más cargadas de símbolos, como si ya no estuviera escribiendo para recordar, sino para dejar instrucciones.

Y entonces apareció el poema.

Ese fue el que hizo que Marisol se detuviera.

Porque entre las palabras, casi oculto, no solo hablaba de ella.

Explicaba cómo encontrarla.

Y debajo, como si fuera parte del mismo lenguaje, había un trazo que no parecía casual.

La forma de una isla.

No perfecta ni exacta, pero lo suficiente para reconocer que no era un dibujo cualquiera.

“No huyas más de mí,
ni pretendas esconderte en la sal ni en el silencio,
que aun cuando el mar te cubra y la noche te disuelva,
he de hallarte en lo que queda entre una ola y la siguiente.

Bien sé que te ocultas,
que rehúsas mi nombre como si fuera condena,
y que mudas tu forma, isla ingrata,
como muda la luna para no ser tomada.

Mas no es olvido lo que te guarda,
sino voluntad.

Y yo sabré esperarte.

Porque lo que ha sido atado no se deshace con distancia,
ni se rompe con agua ni con tiempo,
y lo que una vez llamó mi sangre
no ha de perderse en este mundo sin dejar rastro.

Escucha, pues, y no lo olvides:

Cuando la tormenta se levante
y el cielo cierre sus caminos,
no mires la furia del viento ni el engaño de las aguas,
que todo ello es velo y es defensa.

Busca la luz.

No la que cae del cielo,
sino la que resiste en medio de la ruina.

Y cuando la veas,
átala.

Átala con lo que tengas,
con hilo, con fe, con hambre si es preciso,
como se ata lo único que no debe perderse.

Amarra la estrella con un mecate
y no la sueltes, aunque el mar te reclame,
aunque la noche te nombre ajena,
aunque dudes.

Ella sabrá el camino que yo no pude seguir.

Déjate llevar.

Y cuando la tormenta ceda
y el ruido se haga memoria,
llegarás a donde yo no fui permitido.

Allí estaré.

No en el mismo cuerpo,
pero sí en lo que queda de mí.

Porque no hay escondite para aquello
cuyo destino ha sido escrito antes del encuentro.

Y si decides volver,
no lo hagas en silencio.

Que esta vez
no he de perderte.

Marisol no dudó. Arrancó la página con cuidado, sin llevarse el libro completo, solo aquello que sabía que necesitaba. Al salir, el aire de la noche se sintió distinto, como si algo hubiera cambiado ligeramente, apenas lo suficiente para notarse.

Durante los días siguientes, Marisol intentó encontrar ese lugar. Probó primero con lo que conocía, usando un péndulo sobre distintos mapas, dejando que el hilo cayera y esperando que señalara una dirección clara, pero el movimiento era inestable, sin forma definida, como si aquello que buscaba no respondiera a ese tipo de llamado.

Entonces fue a su mamá.

No le contó todo, solo lo suficiente.

“¿Cómo encuentras algo que se perdió?” preguntó.

Su mamá pensó un momento antes de responder que dependía de qué tipo de cosa era, y Marisol dudó antes de añadir si no se trataba de un objeto, sino de algo vivo.

Su mamá la miró con más atención esta vez.

“Si es algo vivo y no puedes hablarle directamente, podrías intentar un llamado de luna,” dijo finalmente.

Marisol frunció el ceño.

“¿Qué es eso?”

“Tienes que esperar a la luna nueva,” explicó su mamá. “La luna de los perdidos. Dibujas un mapa en la arena del lugar donde estás, de todo lo que lo rodea, colocas una brujula de agua en el medio y luego preguntas.”

“¿Pregunto qué?”

“Si quiere ser encontrado.”

El silencio quedó entre ellas un instante.

“Y si la respuesta es sí,” añadió su mamá, “la luna se desconchara y caera una escarcha blanca que te lo va a mostrar.”

Dos noches después, Marisol fue a la playa. La marea estaba baja y el cielo completamente despejado, así que se arrodilló en la arena y comenzó a dibujar, marcando la costa, las islas cercanas y los espacios que conocía, dejando que su memoria guiara la forma más que la precisión.

Cuando terminó, se quedó en silencio.

Luego preguntó.

No en voz alta, pero con intención.

Esperó.

Al principio no pasó nada. El mar siguió moviéndose igual y el viento no cambió, pero luego, muy suavemente, la luz de la luna pareció concentrarse en un punto del dibujo, no como un rayo evidente sino como un brillo apenas más intenso, casi imperceptible si no se estaba mirando con atención.

Marisol no se movió. Solo lo miró. Tomo su telefono y comenzo a comparar coodenadas en un mapa naval hasta que todo callo en su lugar.

Tortuga.

Sintió escalosfrios, tenia una dirección.

Volvió a mirar el papel y el poema, y las palabras empezaron a hacer un poco más de sentido, no del todo, pero lo suficiente para entender que no era solo un mapa, sino una guía.

La forma de llegar no era directa. Había que atravesar algo, una tormenta, y dentro de ella encontrar una luz, porque solo esa luz podría guiarlos.

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Alamos