6. El Copey

La casa se sentía más cálida esa noche, más llena de lo normal, como si La Azulita hubiera traído algo con ellos y lo hubiera dejado flotando en el aire.

La cena se fue armando poco a poco, con los sonidos familiares de la cocina llenando el espacio mientras el cielo se iba apagando y un hechizo de fuego encendía lentamente los faroles de la casa, las velas de la mesa y las lucecitas flotantes en la fuente.

Sus padres estaban de buen humor.

—¿Y cómo es el colegio en Nuova Tempesta? —preguntó su papá, inclinándose un poco hacia adelante.

Fabián apoyó los brazos sobre la mesa con naturalidad.

—Es… bastante particular —dijo, con una leve sonrisa—. Funciona como un internado tradicional, pero en realidad es más bien un sistema completo.

Hizo una pequeña pausa.

—Está en un castillo antiguo, en medio de las montañas, justo en la frontera entre Italia y Austria. De esos que parecen sacados de otro siglo… con torres, patios interiores y pasillos que nunca terminan.

—¿Y viven allí todo el tiempo? —preguntó su mamá.

—Durante el año, sí —respondió Fabián—. Aunque los profesores no. Ellos viven en un pueblo cercano, y muchos también enseñan en la universidad. Todo está conectado.

—¿Está cerca la universidad? —preguntó su papá.

Fabián asintió.

—Sí. La idea es que el paso no sea tan brusco. Uno crece dentro del mismo sistema, con las mismas personas, más o menos.

—Eso suena… bastante organizado.

—Lo es —dijo Fabián—. Tiene sus ventajas.

Se permitió una leve sonrisa.

—Y sus momentos menos encantadores.

—¿Cómo cuáles? —preguntó su mamá.

—Disciplina, principalmente —respondió él—. Hay horarios muy claros, evaluaciones constantes… poco espacio para distraerse.

Hizo una pausa breve.

—Aunque supongo que eso evita que uno se convierta en un completo desastre.

—No siempre funciona —dijo su papá.

Fabián lo miró con interés.

—¿No?

—En mi colegio había reglas por todos lados —añadió—. Igual encontrábamos la forma de romperlas.

Fabián sonrió.

—¿Y tú? —preguntó su mamá—. ¿Nunca te metías en problemas?

Fabián inclinó ligeramente la cabeza mientras movía la copa de agua en círculos.

—Digamos que me identifico más con el agua que con el fuego.

Sonrió mientras miraba a Marisol y regresó la mirada a los papás.

—¿Y ustedes? —preguntó—. ¿Cómo eran sus colegios?

Sus padres intercambiaron una mirada breve antes de empezar a contar, y Fabián escuchó con atención, riéndose en los momentos justos, como si realmente disfrutara la conversación.

Marisol lo miró desde su silla.

Antes, esa forma de hablar le habría molestado. Le parecía demasiado… perfecta, forzada, como si siempre estuviera tratando de decir lo correcto.

Pero esta vez no.

Esta vez sonrió.

Porque podía verlo: no era que Fabián fuera así… era que sabía actuar.

Y por alguna razón, sintió más empatía que irritación.

Cuando terminaron de cenar, su papá se levantó.

—Voy a buscar la camioneta para llevar a Fabián a Pampatar.

—¿Por qué no evaporamos? —preguntó Fabián.

Su papá soltó una risa corta mientras buscaba las llaves.

—Aquí no. Estamos rodeados de gente normal. Mejor no darles un espectáculo gratis.

Salieron al aire de la noche, y al hacerlo vieron al papá de Adrián al otro lado de la calle, montándose a su camioneta.

Los llamó.

—¿A dónde tienen que llevar al muchacho?

—A Pampatar —respondió el papá de Marisol.

—Nosotros vamos y regresamos —dijo—. Si quieres lo llevo. Vamos a dejar a Charlotte también y tenemos que llevar al perro donde su mamá.

El perro se movía inquieto a su lado, apoyando mal una pata.

—Se cortó con algo, seguro una concha de ostra.

El papá de Marisol le agradeció y asintió.

Adrián se veía preocupado por el perro. Marisol miró a su papá y él asintió, entendiendo.

Así que todos se subieron a la camioneta del señor Asdrúbal.

Marisol se sentó con el perro en su regazo, sosteniéndole la pata con cuidado.

Hablaron poco en el camino.

Cuando llegaron al consultorio, la mamá de Charlotte ya los estaba esperando.

El lugar era pequeño pero lleno de vida, con el sonido suave del agua de una pecera, el movimiento de algunos animales durmiendo en sus jaulas, un par de perros en adopción.

Mientras los demás se quedaban afuera, Marisol entró.

—Tranquilo, Caramelo… ya casi —murmuró Irina mientras limpiaba la herida.

El perro se tensó.

—Eso es… buen chico.

Marisol no apartó la mirada.

—¿No te mareas? —preguntó Irina sin dejar de trabajar.

—No. Nunca me ha dado cosa la sangre.

Hizo una pausa.

—Pero el otro día sí.

Irina levantó apenas la vista.

—¿Sí?

—Cuando vi a un animal en peligro… me dio náuseas.

Irina asintió.

—Eso no es mala señal. Significa que te importa.

Marisol no respondió.

—Si quisieras hacer algo así, podrías.

Marisol la miró.

—Si pudiera escoger… creo que escogería esto.

—¿Y por qué no puedes?

La pregunta quedó en el aire.

Marisol guardó silencio.

Irina caminó hasta la puerta y la cerró suavemente.

—Yo tenía una prima —dijo en voz más baja—. Era… como tú. Se fue a Europa a estudiar. Tenía un don.

Marisol la miró, sorprendida.

—No te voy a preguntar nada —continuó—. Pero si algún día necesitas ayuda… sé guardar secretos.

Marisol asintió lentamente.

—Y me alegra que seas amiga de Charlotte —añadió con una sonrisa—. Puedes contar con nosotros.

Cuando salieron, los demás seguían distraídos.

Se despidieron y fueron a dejar a Fabián.

La casa de su abuelo estaba a media cuadra de la plaza, un poco apartada del resto, como si con los años hubiera decidido quedarse atrás mientras todo lo demás avanzaba.

Desde afuera no parecía abandonada… pero tampoco cuidada.

Había un hueco en el techo por donde entraba la luz, dejando caer una franja clara sobre el piso del corredor. No parecía el resultado de algo que se hubiera caído, sino más bien de algo que había salido.

Entraron.

El interior era más oscuro de lo que esperaba, pero no incómodo. Había cosas por todas partes, libros apilados, herramientas viejas, objetos que parecían haber sido movidos muchas veces sin llegar nunca a un lugar definitivo.

Desde el corredor, Marisol miró hacia la cocina.

Las paredes cerca de la estufa tenían manchas de humo, irregulares, más oscuras que el resto.

—Mi abuelo ya está muy viejo para usar la cocina —dijo Fabián, casi como si leyera lo que estaba pensando—. Pero eso no lo detiene.

Se encogió de hombros, con una media sonrisa.

—Es terco.

Marisol asintió levemente, sin decir nada.

Y entonces lo vio.

Sentado cerca de la entrada, en una silla de ruedas, como si hubiera estado esperando sin prisa.

Levantó la mirada al verlos.

Tenía el cabello completamente blanco, salvo por algunos mechones rojizos que parecían resistirse a desaparecer del todo.

Sus ojos, en cambio, estaban despiertos. Demasiado.

—Así que tú eres Marisol —dijo, con una voz tranquila pero firme.

No sonaba sorprendido.

Sonaba como si ya supiera.

El camino de vuelta fue silencioso.

Cuando llegaron, Marisol entró a su cuarto, preparó un bolso pequeño y se acostó.

Esperó.

Hasta que la noche estuvo completamente quieta.

El golpe suave en la puerta.

La abrió.

Fabián estaba ahí.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella.

—A una montaña.

Evaporaron.

El sendero subía con suavidad, serpenteando entre la vegetación espesa del cerro El Copey, donde el aire se sentía distinto, más fresco, más denso, como si el bosque respirara de otra manera. A cada paso, el suelo cambiaba bajo sus pies, a veces firme, a veces húmedo, cubierto de hojas que guardaban el rastro de lluvias recientes.

Marisol caminaba un poco más adelante, observando sin prisa.

La montaña era hermosa de una forma silenciosa, sin imponerse, como si no necesitara llamar la atención para ser vista. Los árboles altos cerraban el camino por momentos, creando espacios de sombra que hacían que todo se sintiera más contenido, más íntimo.

El sonido constante de las olas, que era la música de fondo de su vida entera, había sido reemplazado por el del viento a través de los árboles y las palmeras, que lloraban gotas blancas reflejadas por la luna.

Era extraño.

No incómodo.

Pero distinto.

Se dio cuenta de que ya no podía escuchar el mar, no como antes, no como una presencia cercana que siempre estaba ahí incluso cuando no se veía. Aquí, la isla parecía otra, más cerrada, como si guardara cosas que no existían cerca de la costa.

Fabián caminaba a su lado, atento al camino, levantando la vista solo de vez en cuando.

El cambio llegó sin aviso.

No fue un sonido fuerte ni un movimiento brusco, sino algo más sutil, como si el espacio mismo se preparara.

Sabía que iba a llover.

Lo había sentido desde que comenzaron a subir, pero había esperado que les diera tiempo, que alcanzaran a ver algo antes de que la lluvia los obligara a detenerse.

No fue así.

La primera gota cayó pesada, marcando la tierra con un sonido seco. Luego vino otra, y otra más, hasta que en cuestión de segundos la lluvia se volvió constante, cubriendo el sendero con un murmullo uniforme.

Fabián levantó la vista y buscó alrededor.

Fue entonces cuando la vio.

A un lado del camino, creciendo casi inclinada sobre el sendero, había una planta enorme, con hojas anchas que se abrían como abanicos, lo suficientemente grandes como para cubrirlos por completo. La lluvia caía sobre ellas con un sonido suave, distinto al golpe directo contra la tierra.

Corrieron hacia allí sin decir mucho.

Debajo de las hojas, el mundo cambió.

El sonido se volvió más cercano, más contenido, como si la lluvia estuviera ocurriendo justo encima de ellos, pero sin tocarlos del todo. La luz se filtraba en verde, y el espacio se sentía tranquilo, casi detenido.

No era oscuro.

No era amenazante.

Era acogedor.

Marisol se quedó quieta un momento, sintiendo cómo la urgencia se deshacía sin esfuerzo, como si ese lugar no estuviera hecho para protegerlos, sino para invitarlos a quedarse.

No quería salir corriendo de la lluvia.

Al contrario.

Por un instante, pensó que lo único que le faltaba era una taza de chocolate caliente y una manta, algo que la dejara quedarse allí más tiempo, escuchando el ritmo constante del agua.

Fue entonces cuando notó la piedra.

Entre las raíces, medio cubierta por la tierra, había una abertura oscura, como si alguien la hubiera vaciado con intención.

Se agachó, sacó el teléfono y encendió la linterna.

La luz reveló un pequeño espacio de piedra, un refugio sencillo con una cruz y flores secas, como si muchas personas hubieran pasado por allí antes que ellos.

“Vamos a estar bien aquí,” dijo en voz baja. “La gente ha puesto bendiciones en este lugar.”

Fabián asintió, ayudándola a entrar primero, sosteniendo la hoja por encima como si fuera un techo improvisado, mientras él se quedaba afuera.

Y entonces, poco a poco, comenzaron a aparecer.

Pequeñas luces entre los árboles.

Suaves.

Silenciosas.

Como si el bosque despertara con la lluvia.

El clima cambió de inmediato.

Caminaron.

—¿Y cómo es tu colegio de verdad? —preguntó Marisol.

Fabián tardó un momento.

—Es un castillo.

—¿Un castillo?

—En las montañas. Entre Italia y Austria. Está encantado.

—¿Y vives ahí todo el tiempo?

—Casi. Desde los cinco años.

—¿Y tu familia?

Se encogió de hombros.

—Los veo poco.

Silencio.

—¿Te gusta?

—Es lo que conozco.

Caminaron un poco más.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Por qué no quieres ir?

Marisol respiró.

—Porque aquí soy yo.

Lo miró.

—Allá todo suena mejor… pero yo ya he estado afuera.

Señaló la isla.

—Y aun así escogería esto mil veces.

Silencio.

—Hay algo aquí… que quiero cuidar.

Bajó la mirada.

—Pero sé que tengo que aprender más.

Respiró.

—Solo… no quiero tener que irme para eso.

Siguieron caminando.

—¿Te quedarías de lado si alguien entra a tu casa a destruirlo todo?

Fabián sostuvo su mirada.

—Pero esa isla no es tu casa. No te pertenece.

Marisol se detuvo.

—¿No me pertenece?

Negó suavemente.

—Yo le pertenezco a ella.

Silencio.

—Voy a encontrar una forma de detener lo que está pasando —dijo—. Con o sin tu ayuda.

Pausa.

—Pero preferiría tenerla.

Fabián la miró.

—Ok. Pero no nos pueden descubrir.

Marisol asintió.

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