6. El Copey

La casa se sentía más cálida esa noche, más llena de lo normal, como si La Azulita hubiera traído algo con ellos y lo hubiera dejado flotando en el aire.

La cena se fue armando poco a poco, con los sonidos familiares de la cocina llenando el espacio mientras el cielo afuera se iba apagando hacia ese azul suave antes de que la noche cayera por completo. Marisol se mantuvo cerca al principio, más callada de lo usual, todavía con la isla presente en ella, aunque nadie parecía notarlo.

Sus padres estaban de buen humor.

Le hacían preguntas a Fabián sin parar, sobre su colegio, sus estudios, los profesores, la estructura de todo, y él respondía con facilidad, con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido a ese tipo de conversaciones. Su postura mejoro, su voz se volvió más firme, más segura, y Marisol no pudo evitar notar lo distinto que era de antes, cómo alguien que parecía tan incómodo con personas de su edad podía, de repente, volverse tan fluido, incluso encantador, con los adultos.

Casi le daba risa.

Su papá lo escuchaba con atención, claramente impresionado, haciendo preguntas más específicas, mientras su mamá seguía la conversación con curiosidad, mirando de vez en cuando a Marisol como si estuviera midiendo algo que no decía en voz alta.

Cuando terminaron de cenar, su papá se levantó y dijo hiba a buscar la camionera para llevar a Fabián a Pampatar.

“¿Por qué no evaporamos?” preguntó Fabián, como confundido.

Su papá negó con la cabeza mientras buscaba las llaves.

“Aquí no. En Margarita vivimos muy cerca de gente normal. Es mejor mantener las apariencias.”

Salieron al aire de la noche, y al hacerlo vieron al papá de Adrián al otro lado de la calle, montandose a su camioneta.

Los llamó.

“A donde tienen que llevar al muchacho?” pregunto, seguramente Adrian le conto que Fabian estaba de visita.

“Para Pampatar” respondio el papa de Marisol

“Nosotros vamos a Pampatar y regresamos,” dijo, “si quieres lo llevo. Vamos a dejar a Charlotte tambien y tenemos que llevar al perro donde su mamá.”

El perro se movía inquieto a su lado, apoyando mal una pata.

“Se cortó con algo, seguro una concha de ostra,” añadió.

El papa de Marisol le agradecio y asentio.

Adrian se veia preocupado por el perro. Marisol vio a su papa y el asintio, sabiendo inmediatamente lo que queria.

Así que todos se subieron a la camioneta del papa de Adrian, el senor Asdrubal.

Marisol se sentó con el perro en su regazo, sosteniéndole la pata envuelta en gaza con cuidado mientras avanzaban por la carretera, sus manos firmes pero suaves sobre su cuerpo, tratando de mantenerlo tranquilo, acariciándole el lomo como si eso fuera suficiente para aliviarle el dolor.

Hablaron poco en el camino, una conversación tranquila que nacía más de la preocupación que de las palabras, y cuando llegaron al consultorio, la mamá de Charlotte ya los estaba esperando.

El lugar era pequeño pero lleno de vida, con el sonido suave del agua de una pecera, el movimiento de algunos animales en jaulas, un par de perros en adopción, todo con esa mezcla de cuidado y tensión que tienen esos espacios.

Mientras los demás se quedaban afuera mirando los animales, Marisol entró con ella al consulorio.

No dudó.

Se quedó cerca, observando todo mientras la mamá de Charlotte, Irina, limpiaba la herida, revisando con cuidado, hablándole al perro con una voz tranquila como si él pudiera entender cada palabra, y Marisol no apartó la mirada ni una sola vez.

“¿No te mareas?” le preguntó en un momento, mirándola de reojo.

Marisol negó con la cabeza. “No. Nunca me ha dado cosa la sangre.”

Hizo una pausa antes de añadir, “Pero el otro día… cuando vi a un animal en peligro, sí me dio nauseas.”

La mamá de Charlotte se quedó en silencio un segundo, luego asintió.

“Eso no es mala señal,” dijo. “Significa que te importa.”

Marisol no respondió.

“Si quisieras hacer algo así, podrías,” añadió.

Marisol la miró, un poco sorprendida. “Si pudiera escoger… creo que escogería esto.”

“¿Y por qué no puedes escoger?”

La pregunta se quedó flotando.

Marisol no contestó.

La mamá de Charlotte miró hacia la puerta, caminó hasta ella y la cerró, bajando un poco la voz.

“Yo tenía una prima,” dijo. “Era… como tú. Se fue a Europa a estudiar. Tenía… Un don.”

Marisol la miró, esta vez con sorpresa.

“No te voy a preguntar nada,” continuó. “Pero si algún día necesitas ayuda… sé guardar secretos.”

Marisol asintió lentamente.

“Y me alegra que seas amiga de Charlotte,” añadió con una pequeña sonrisa. “Puedes contar conmigo.”

Cuando salieron, los demás seguían distraídos, viendo los animales, como si nada hubiera cambiado.

Pero algo sí había cambiado.

El perro de Adrian, Caramelo, llevo 3 puntos en la pata, una cortada profunda, pero pudo regresar a casa esa noche. Se despidieron de Charlotte y de Irina, y fueron a dejar a Fabian a casa de su tia abuela.

La casa era tranquila, vieja, llena de cosas guardadas por años, y ella estaba en una silla de ruedas cerca de la entrada, observando con calma cuando Marisol se acercó.

La reconoció.

“Hace tiempo que no te veía,” dijo.

Marisol sonrió y le prometió que volvería a visitarla.

“Por favor hazlo,” respondió la señora. “Creo que tengo algo que podría interesarte.”

Marisol y Fabián se miraron por un momento.

Antes de irse, Fabián entró un segundo y regresó con un libro, preguntando si podía dárselo, y cuando se lo entregó, su mano se quedó un instante más de lo normal.

“Estate lista más tarde,” dijo en voz baja.

Ella no respondió, pero dijo que si con la cabeza.

El camino de vuelta fue más silencioso. Adrian parecia exahusto despues de ese susto, pero Caramelo ya estaba dormido y tranquilo.

Cuando llegaron a la casa, Marisol entro directo a su cuarto, preparó un bolso pequeño y se acostó como si fuera a dormir, escuchando cómo la casa poco a poco se quedaba en silencio.

Esperó.

Hasta que la noche estuvo completamente quieta. Hasta que escuchó el golpe suave en la puerta. La abrió.

Fabián estaba ahí.

Salieron sin decir mucho, lo suficiente para que ella preguntara a dónde iban. “A una montaña,” dijo él mientras le tomaba la mano.

Evaporaron.

El aire cambió de inmediato al llegar, más frío, más ligero, más oscuro, y por un momento ella tuvo que adaptarse, buscando con la mirada mientras la forma de la montaña se revelaba a su alrededor. Cuando se ubico, le solto la mano lo mas casualmente que pudo.

Empezaron a caminar. El camino era irregular, y a medida que subían, pequeñas luces aparecían debajo de ellos, como un pueblo encendido en la distancia. El viento corría constante, el cielo completamente despejado sobre sus cabezas.

Mientras caminaban por la montaña, Marisol le preguntó cómo era su colegio en Europa, y Fabián tardó un momento en responder, como si estuviera buscando la forma más simple de explicarlo antes de decir finalmente que era un lugar viejo, un castillo grande y antiguo escondido en las montañas, en la frontera de Italia y Austria, encantado para que la gente normal no pudiera encontrarlo.

Siguieron avanzando mientras él continuaba, explicando que había estado allí desde los cinco años, la mayor parte del tiempo lejos de su familia, y que se había acostumbrado a pasar más tiempo con profesores que con otras personas, hasta el punto de que ahora se sentía un poco lejos del mundo humano, porque casi no venía a lugares como Margarita, y la mayoría de las personas con las que compartía eran amigos o familias que conocían en Europa, gente que vivía dentro de las burbujas del mundo mágico.

Marisol lo escuchó en silencio, procesando lo que decía, y cuando él le preguntó por qué no quería ir, ella dudó un poco antes de responder que, aunque había escuchado cosas muy buenas, le gustaba su vida aqui en Margarita, sentía que había algo en la isla que era para ella, algo que quería proteger, y que tal vez ese era el lugar donde podía hacer más bien.

Le molestaba que la gente hablaban de la isla como si hubieran cosas más grandes y mejores afuera; ella ya había estado afuera y aun así elegía la isla 1000 veces, porque ahí se sentía ella misma.

Sin embargo, también reconocía que tenía que aprender más, especialmente después de lo que había pasado, porque si él no hubiera estado, no habría sabido con quién compartir lo que había visto, así que entendía que necesitaba apoyo, aunque esperaba poder encontrarlo aqui mismo y no lejos.

Siguieron caminando y fue entonces cuando comenzaron a ver pequeñas luces verdes entre los arbustos, primero pocas y luego cada vez más, moviéndose suavemente entre las ramas, hasta que entre ellas comenzaron a distinguir formas, y Fabián se detuvo ligeramente para preguntarle si las veía, a lo que Marisol asintió mientras observaba cómo algunas parecían aves, aunque había algo distinto en ellas, hasta que una cruzó frente a ellos con el cuerpo encendido como si estuviera hecho de fuego, lo que hizo que Marisol soltara un leve suspiro al reconocer en esa imagen algo que le recordaba al fuego que había visto en el jardín aquella noche.

Fabián le explicó entonces que se trataba de un fénix, estaban en epoca de inmigracion. A su alrededor comenzaron a hacerse visibles más criaturas, algunas pequeñas y otras apenas perceptibles entre la oscuridad, moviéndose con naturalidad como si siempre hubieran estado allí, mientras él añadía que esa montaña era uno de los pocos lugares en la isla donde podían verse criaturas mágicas locales, que solo se mostraban a personas como ellos porque estaban allí para cuidar la naturaleza y mantener el equilibrio del lugar.

Sacó un libro de su bolso y le explicó que era de un explorador Puertoriqueno y había dedicado su vida a estudiar criaturas fantasticas del Caribe, por lo que Marisol lo tomó y comenzó a hojearlo mientras caminaban más despacio, reconociendo algunas pero notando que muchas otras no estaban allí, lo que la llevó a entender que las criaturas de la otra isla no pertenecían a ese lugar, algo que Fabián confirmó antes de sacar otro libro, esta vez sobre criaturas de otros continentes como Europa, África y Asia.

Pasaron páginas juntos y comenzaron a reconocer algunas de las flores y criaturas que habían visto en la otra isla, pero lo inquietante era que pertenecían a climas y ecosistemas completamente distintos, lo que hizo que se miraran en silencio antes de que Marisol preguntara qué era realmente ese lugar, y Fabián, tras pensarlo un momento, sugiriera que tal vez se trataba de un refugio, un lugar donde llegaban criaturas que habían perdido su hogar.

La idea se asentó en Marisol, pero enseguida surgió la duda de cómo llegaban allí, a lo que él respondió que quizá existían otros caminos, otras entradas que no conocían, lugares que conectaban con otros sitios, algo que hizo que Marisol mirara hacia la oscuridad de la montaña al darse cuenta de que aquello era mucho más grande de lo que había imaginado, aunque él aclaró que no dejaba de ser solo una teoría.

Comenzaron a bajar y el camino se hizo más ligero a medida que descendían, dejando atrás poco a poco las luces y las criaturas, hasta que a mitad del trayecto Fabián le preguntó si estaba lista para volver, y ella respondió que sí, aunque enseguida añadió qué era lo que seguía ahora y qué iban a hacer con las máquinas, lo que hizo que él dudara antes de decir que no había mucho que pudieran hacer en el mundo humano, porque a ellos les enseñaban a no interferir.

Marisol se detuvo.

Te quedarias de lado si alguien entrara en tu casa a destruirlo todo?

Pero esa isla no es tu casa Marisol, no te pertenece.

No me pertenece? Se detuvo por un momento a pensar. “Yo le pertenezco a ella”.

Ella lo miró con firmeza

Voy a encontrar alguna forma de sabotear lo que este pasando en la isla, con o sin tu ayuda. Le dijo, dejando un breve silencio entre ellos antes de añadir, ya más calmada pero igual de decidida,

Pero preferiria tener tu ayuda.

Fabián la miró por un momento antes de responder.

Ok Marisol. Pero no nos pueden descubrir. Ni los deforestantes, ni los locales, ni tus amigos.

Marisol asintió.

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