5. La Perla

“No sé ni siquiera si es real o no,” confesó.

“Dime,” insistió él.

“Te lo voy a mostrar.”

Llamó a Sal, y él vino corriendo desde la biblioteca mientras ella sostenía su collar de perlas con la mano izquierda y tomaba la mano de Fabián con la derecha, guiándolo por el sendero en el jardín sin saber qué encontraría esta vez, si había sido un sueño o una visión como la de más temprano esa misma noche; cerró los ojos cuando sintió que se acercaba a donde debería estar la pared, pero siguió caminando, y caminando, mientras el sendero se alargaba otra vez.

Miró hacia atrás a Fabián, cuyos ojos estaban fijos en los árboles, confundido y sorprendido, con la boca ligeramente abierta y la mano sudándole, y solo entonces Marisol se dio cuenta de que todavía la estaba sosteniendo, soltándola de repente.

Todo seguía ahí, los árboles y la arena, pero algo había cambiado con la luz del día, como si la magia de isla se hubiera escondido, más silenciosa ahora, casi vacía de algo que no lograba nombrar; era su isla de siempre otra vez, más simple, la que había conocido con sus amigos y su familia durante años, todavía especial pero menos deslumbrante, menos onirica, y el estanque brillante había desaparecido.

“¿Es un… paso de Codorniz?…” preguntó Fabián, su voz casi perdiéndose entre los árboles.

“¿Un qué?”

“Es un pasaje que conecta dos terrenos naturales a través de una piedra común.” Volvió a enfocarse.

“No sé,” dijo ella mientras caminaba hacia la playa, donde vio los barcos grandes alejándose.

“Ven,” añadió, más bajo ahora pero firme. Quería asegurarse de que la isla estuviera vacía.

Siguieron la curva de la isla hacia el lugar donde había visto al caballo, moviéndose a través de algo que se sentía familiar y extraño al mismo tiempo, hasta que llegaron a las rocas y encontraron lo que habían dejado atrás, maquinaria, pesada y fuera de lugar, cortando la forma natural del terreno.

Fabián desaceleró a su lado.

“¿Estás viendo eso?” dijo, señalando hacia el agua más allá de las rocas.

Ella lo notó antes de poder nombrarlo, porque algo en el agua se sentía mal de una forma que su cuerpo entendía antes que su mente; justo más allá de la rompiente, donde las olas deberían formarse con su ritmo habitual, la superficie se tensaba en un giro lento, como si algo debajo estuviera jalando el mar hacia adentro, la espuma acumulándose donde no debía y la luz doblándose de forma extraña sobre el agua.

Marisol entrecerró los ojos, siguiendo el movimiento, las formas atravesando el azul, subiendo y desapareciendo otra vez en un patrón tenso.

“¿Tiburones?” preguntó él.

Ella dio un paso más cerca, el viento empujándole el cabello hacia la cara, y cuando uno de los cuerpos volvió a salir, suave y curvo, el movimiento fluido en lugar de brusco, el reconocimiento se asentó en su pecho.

“No,” dijo. “Delfines.”

Había más de los que pensó al principio, sus cuerpos moviéndose en bucles inquietos, no cazando ni dispersándose, sino reuniéndose alrededor de un mismo punto, como si algo invisible los mantuviera allí.

En las rocas cercanas, criaturas más pequeñas habían salido del agua, cangrejos aferrándose más arriba de lo normal, un ave pálida con las alas mojadas sostenidas de forma torpe a los lados, incluso peces pequeños moviéndose solo por la corriente y no por si mismos, ninguno alimentándose ni huyendo, solo quietos, todos mirando hacia el mismo lugar.

Observando.

“Eso no es normal,” dijo, quitándose ya la camisa.

“Ey, espera,” dijo Fabián, acercándose, su voz tensándose un poco, “¿y si te jala la corriente o lo que sea eso?”

Ella negó con la cabeza, quitándose los zapatos, la atención fija en el agua.

“No voy a sumergirme hasta alla. Solo voy a ver.”

El mar la recibió más frío de lo que esperaba, la temperatura cambiando bruscamente contra su piel, y cuando el agua le llegó a la cintura pudo sentirlo claramente, esa fuerza, sutil al principio y luego inconfundible, como una corriente que no pertenecía a la marea.

Tomó aire y se sumergió.

El sonido desapareció en un zumbido bajo que parecía vibrar en el agua misma, y la luz se fragmentó sobre ella mientras avanzaba más profundo hacia la corriente.

El agua se movía mal.

La arena se levantaba del fondo en espirales lentas, flotando hacia arriba como si algo invisible la estuviera atrayendo, y frente a ella se alzaba una estructura oscura, medio enterrada y corroída, su forma poco clara, su propósito imposible de leer, su abertura jalando el agua hacia adentro con una fuerza mecánica constante.

Algo que habían dejado.

Los delfines giraban justo más allá, sus movimientos interrumpidos, acercándose a la corriente y desviándose otra vez. Y allí, atrapado en la corriente, lo vio.

Un delfín más pequeño.

La corriente lo arrastraba en tirones, empujándolo de lado cada vez que intentaba nadar, su fuerza debilitándose mientras era jalado de nuevo hacia la máquina.

Marisol sintio nauseas.

Giró y salió hacia la superficie, rompiendo con un respiro que llegó demasiado rápido.

Fabián estaba más cerca ahora, el agua alrededor de sus tobillos, su expresión tensa.

“¿Qué es? ¿Qué está pasando?”

“Hay un delfín,” dijo ella, con la respiración irregular. “Lo está jalando algo. Hay una máquina allá abajo, no sé qué es.”

“¿Jalando?”

“Si no logra subir, se va a ahogar. Ellos respiran aire.”

Su mano fue hacia el collar, y por un momento dudó antes de quitárselo.

Se dejó caer de rodillas en la arena mojada, cavando rápido y enterrándolo lo suficiente antes de colocar las dos manos encima de la tierra.

“¿Que estas haciendo? …Lo estás encantando?” preguntó Fabián.

Por un momento nada cambió.

Luego una luz azul tenue se filtró entre la arena, entre sus dedos.

“Marisol… ¿por qué no me dijiste?”

El agua caía de su cabello hacia sus ojos, pero no movió las manos, solo negó levemente.

“Esto no es para la tarea,” dijo. “Es para la isla.”

La luz parpadeó una vez y luego desapareció.

Sacó el collar, le quitó la arena, se lo volvió a poner y se sumergió otra vez.

El frío la envolvió mientras bajaba más hacia la corriente, la presión cerrándose sobre sus costillas mientras el delfín se acercaba más, sus movimientos cada vez más lentos.

Lo alcanzó, dudando al principio cómo sostenerlo mientras su cuerpo se retorcía, la corriente peleando contra su agarre y arrastrándolos a ambos, pero lo rodeó con los brazos e intentó nadar hacia afuera.

Sus pulmones empezaron a arder.

Ya casi.

Ajustó su ángulo, dejando que la corriente la guiara lo suficiente en lugar de pelear contra ella.

El delfín se soltó.

Por un segundo todo se quedó quieto. Luego salió disparado hacia arriba. Marisol lo siguió, pero el ardor en sus pulmones se volvió urgente, su cuerpo volviéndose pesado. Salió a la superficie con un jadeo brusco.

“¡Marisol!”

Fabián ya estaba en el agua. Demasiado adentro.

“No,” intentó decir, pero la palabra se rompió cuando él la alcanzó, agarrándola del brazo, y la corriente cambió bajo él, quitándole el equilibrio.

Por un momento el agua los cubrió a ambos.

Luego algo se movió a través de ella.

El caballo entró al mar, la corriente rompiéndose alrededor de sus patas mientras avanzaba sin dudar; Fabián se sujetó de él, jalándola consigo, y ella sintió cómo la levantaban mientras regresaban hacia la orilla, la fuerza aflojándose con cada paso.

Para cuando sus pies tocaron la arena otra vez, la corriente se sentía lejana.

El caballo bajó lo suficiente para que se deslizaran.

Marisol se quedó en la orilla, tosiendo, su pecho llenándose de aire mientras escuchaba a Fabián hacer lo mismo cerca, y más allá los delfines ya se habían dispersado y el agua volvía a la normalidad.

Se quedaron allí por lo que se sintió como mucho tiempo, Sal caminando en círculos rápidos, maullando hasta que se calmó cuando su respiración se estabilizó.

Cuando pudo ponerse de pie, caminó hacia el caballo y casi no lo reconocio. Era totalmente distinto ahora, su melena seca y desordenada, su pelaje de un color crema simple ya no brillaba, solo las pepitas plasticas y la trenza le confirmaban que era el mismo.

Fabián se acercó. “¿Quién es este caballero?” intentando sonar casual para cambiar el tono tenue de lo que acababan de vivir.

“No sé su nombre,” dijo Marisol aun con el pecho adolorido y la voz forzada. “Lo conocí anoche.”

Fabián tocó su melena de un lado mientras ella hacía lo mismo del otro.

“¿Quieres hablar de todo esto?” el preguntó.

“Pensé que me ibas a reganar,” dijo ella.

“Yo también lo pensé,” admitió. “Pero entiendo. Siempre pense que no te importaba nada ademas de surfear y divertirte con tus amigos, pero esto me demostro que sabes mucho sobre el mar y te importan los que viven aqui.”

Se miraron en silencio por un momento, como tratando de decidir que pensar sobre lo que paso.

“Casi nos ahogamos salvando a un delfín bebé,” dijo él.

“Casi nos ahogamos salvando a un delfín bebé,” repitió ella, con lágrimas y una risa nerviosa.

“Y un caballo nos salvó,” añadió.

“Anemos,” Marisol escuchó la voz de Sal en su mente.

Lo dijo en voz alta. “Anemos.”

El caballo la miró de inmediato.

“¿Ese es tu nombre?” preguntó mientras lo acariciaba. “Gracias Anemos.” Coloco su frente contra la del caballo.

“Te has ganado unas manzanas” Dijo Fabian.

Observaron a Anemos alejarse por la orilla, sus pasos lentos y firmes mientras las olas se doblaban suavemente alrededor de sus patas, su figura haciéndose cada vez más pequeña contra la extensión de arena hasta convertirse en una forma más en la distancia, casi indistinguible de las rocas y las sombras.

Por un momento, ninguno de los dos dijo nada.

Se quedaron donde estaban, sentados en la arena con la ropa húmeda y la sal aún secándose sobre su piel, su respiración volviendo poco a poco a la normalidad mientras el peso de lo que acababa de pasar se asentaba, no de golpe, sino en partes, como algo demasiado grande para entenderlo en un solo instante.

Fabián se recostó ligeramente hacia atrás, apoyando las manos detrás de él, su mirada todavía fija en el horizonte donde el caballo había desaparecido.

“¿Estás lista para volver?” preguntó después de un rato.

Marisol no respondió de inmediato. Siguió mirando hacia el agua, entrecerrando un poco los ojos como si estuviera esperando algo que aún no sabía cómo explicar.

“En realidad… quiero esperar un poco más,” dijo. “Quiero ver algo.”

Él giró a mirarla, pero no lo cuestionó.

El sol ya estaba bajando, la luz suavizándose mientras se extendía sobre la superficie del océano, volviéndolo todo más cálido, más silencioso, como si la isla misma estuviera conteniendo la respiración entre un estado y otro, y Marisol lo sintió entonces, ese mismo cambio sutil que había percibido antes, el que le hacía pensar que la isla no siempre era la misma.

Quizás solo se mostraba de verdad en la noche.

Se quedaron allí mientras la luz seguía cayendo, el dorado profundizándose en naranja y luego en algo más suave, hasta que las primeras sombras comenzaron a alargarse y el aire se enfrió lo suficiente como para que el momento se sintiera distinto.

Y entonces los vio.

Al principio fue solo un destello, pequeño e incierto, justo en el borde de su visión, pero luego apareció otro, y otro, hasta que el aire a su alrededor comenzó a llenarse lentamente de pequeñas luces flotantes.

Luciérnagas.

Pero no del todo.

Su brillo era más suave, con un tono azul tenue que pulsaba ligeramente, como si respirara, flotando con calma en el aire y reuniéndose alrededor de los bordes de los árboles y las rocas, y Marisol sintió que algo dentro de ella se acomodaba, un reconocimiento silencioso.

Fabián se incorporó un poco más.

“…Sí estás viendo esto, ¿verdad?” dijo, su voz ahora más baja, casi cuidadosa.

Ella asintió.

A medida que la última línea de luz desaparecía detrás del horizonte, la isla comenzó a cambiar.

No fue repentino, no como un interruptor que se enciende, sino gradual, desplegándose, como si algo que había estado dormido durante mucho tiempo estuviera despertando lentamente, estirándose de nuevo hacia el mundo, y con ello llegó el color, más profundo y más vivo que antes.

Flores que no estaban allí minutos antes comenzaron a abrirse a lo largo de la arena y entre la vegetación, sus pétalos desplegándose en tonos que él nunca había visto, colores que parecían contener luz en su interior, cambiando sutilmente con el movimiento del viento.

La boca de Fabián se abrió ligeramente mientras giraba, tratando de abarcarlo todo al mismo tiempo.

“Eso no es—” se detuvo, negando suavemente con la cabeza. “He visto algo así antes… pero no aquí.”

Se puso de pie y dio unos pasos hacia una de las plantas, con cuidado, como si pudiera desaparecer si se acercaba demasiado.

“En los textos del Conservatorio,” continuó, casi para sí mismo. “Los llamaban… flores velaris, creo. No se supone que existan en este tipo de clima.”

Marisol lo observó, notando cómo su voz cambiaba cuando reconocía algo, menos contenido, más vivo.

“Y esos…” añadió, señalando hacia el aire donde un grupo de las criaturas luminosas flotaba junto. “Lúmiri. Están catalogados como migratorios, pero solo dentro de regiones del norte. No cruzan océanos.”

Soltó una pequeña exhalación, algo entre incredulidad y asombro.

“Nada de esto debería estar aquí.”

Marisol siguió su mirada, pero ella no estaba sorprendida.

Las estrellas comenzaban a aparecer sobre ellos ahora, primero tenues y luego más claras, dispersándose en el cielo a medida que desaparecía la luz del día, y la isla parecía responder a eso, como si la noche le diera permiso para convertirse en algo completamente distinto.

Desde lo más profundo de la isla, más movimiento comenzó a surgir, formas moviéndose entre los árboles, pequeñas criaturas apareciendo y desapareciendo, algunas familiares, otras completamente desconocidas, su presencia silenciosa pero imposible de ignorar.

Y entonces el agua cambió.

Marisol giró hacia el estanque, el mismo lugar donde lo había visto antes, y allí estaba otra vez, el tanque de agua brillando suavemente desde dentro, como si un pedazo de cielo hubiera caído a la tierra y se hubiera quedado allí, su superficie moviéndose con un ritmo luminoso y lento.

Fabián caminó hacia él sin darse cuenta, atraído de la misma manera en que ella lo había estado la primera vez.

Se detuvo en el borde.

“…Esto es imposible,” dijo, apenas por encima de un susurro.

El agua sostenía la luz como lo hace una constelación, cambiante, viva, y debajo de ella algo se movía, pequeñas formas deslizándose a través del brillo, sus cuerpos captando la luz al pasar.

Se agachó ligeramente, tratando de entenderlo, tratando de ubicarlo dentro de todo lo que había aprendido.

“He leído sobre ecosistemas como este,” dijo, más para sí mismo que para ella, “pero siempre están… contenidos. Ocultos. Nunca—” hizo un gesto leve a su alrededor “—nunca así.”

Marisol se quedó a su lado, en silencio.

“Es como si todos hubieran encontrado la forma de llegar aquí,” dijo suavemente.

Él la miró.

“…o como si los hubieran traído,” respondió.

Por un momento, ninguno habló.

A su alrededor, la isla seguía cobrando vida, la luz creciendo en capas suaves, los sonidos regresando en ritmos tranquilos y desconocidos, y la sensación de que lo que estaban viendo no era casual, sino intencional, se asentó entre ellos.

Marisol siguio a Fabian mientras se adentraban por la malesa, todavía mirando todo.

La isla no solo estaba cambiando.

Se estaba revelando.

Tenemos que regresar, mi papa se preguntara donde estamos.

Quisiera no irme nunca. Fabian suspiro mientras admiraba el cielo de la noche, y de pronto callo en si. “Tienes razon, debemos irnos.

Marisol sostubo la perla en su collar y las luciernagas azules se acomodaron en fila para alumbrar el sendero de regreso.

“¿Por qué crees que se abrió este camino? Marisol preguntó mientras salían del jardín. “Dijiste algo de el camino de la codorniz?”

_ El camino de la codorniz es un puente magico que se abre colocando un encanto en una piedra de Tova. En el estado de la familia Lombo en Romania, hay uno que conecta con el jardin de la primera novia del Alexander Lombo. Se murieron en un accidente de tren antes de casarse, pero los jardines aun estan conectados, y en la piedra de Tovar hay una inscripcion con un dibujo de dos codornizes en un nido. Pero este lugar es distinto, porque aquellos son dos jardines normales, esta es una isla llena de criaturas fantasticas.

Fabian termino su cuento y se quedo pensativo unos minutos, mientras miraba el suelo.

Llegaron a la casa y Marisol le mostro el cuarto de huesped donde podia banarse y cambiarse de ropa. Decidieron encontrarse en la biblioteca.

Marisol paso por la cocina, extranada de que sus padres no estuvieran alli esperando por una explicacion de donde estaban, pero no los encontro. Solo una bandeja envuelta en papel alumnio y una nota “Salimos a buscar algunos ingredientes, nos vemos mas tarde”

Los padres de Marisol pasaron anos dandole el espacio que ella tanto queria, solo cuando cumplio 13 comenzaron a afixiarla con espectativas y tareas, a la espera del llamado de la escuela preparatoria, pero quiza la ayuda de Fabian los relajaria un poco otra vez, y esa era una ventaja inesperada.

Marisol se llevo la bandeja a la biblioteca, donde ya Fabian y Salado la esperaban.

“Mis papas salieron, pero nos dejaron sanwiches de atun”

Fabian ya habia sacado varios libros y tomaba notas en un diario con portada de cuero. Que diferente se veia despues de lavarse la cara y quitarse ese horrible sombrero. Su cabello negro tapaba un poco su mirada, pero no caia mas abajo de sus orejas. Tenia un corte clasico pero lindo. Llevaba una franela blanca y pantanoles caqui, parecia sacado de una pelicula de zafari. Se veia muy bien, Marisol penso incomoda, tratando de no mirarlo muy seguido, si no las veces que fueran normales ver a alguien. Y cuantas veces seran esas? Penso. Deveria contar? trago saliva.

Dime todo lo que sepas de la isla, le dijo Fabian si mirar hacia arriba.

Es diferente durante el día. Es solo una isla, una isla real. La gente va a pescar, a hacer kayak, a surfear. Cualquier persona con una lancha puede llegar. No muchos turistas van porque las olas son grandes de un lado y del otro lado hay muchos corales, es peligrosa para los ninos pequenos.

Yo voy todo el tiempo con mis amigos, iba con mis abuelos, en bote claro. Pero anoche vine por el camino y todo se veía distinto. Se sentía distinto. Anemos se veía completamente diferente, como un sueño. También había un estanque con criaturas que nunca había visto.”

“Yo vi cómo se veía Anemos,” dijo Fabián mientras alzaba la mirada. “Lo vi bajo el agua. Debiste estar demasiado cansada para notarlo, pero cambió. Era… otra cosa. Su pelaje parecía brillar, como electricidad.”

“Sí,” dijo ella. “Así exactamente se veía anoche.”

“¿Fuera del agua?”

“Sí.”

Fabian escribio eso y se quedaron en silencio unos segundos.

“No había entrado aquí en años,” dijo ella mientras miraba al rededor de la biblioteca.

“¿Por qué?” preguntó él.

“No sé. Me recuerda demasiado a mis abuelos. Me sentía más como ellos que como mis padres. Me da miedo que no me entiendan o que no les importe lo que quiero.”

“¿Qué es lo que quieres?” preguntó.

“Quiero quedarme aquí,” dijo, mirándolo con firmesa. “Este es mi hogar.”

“Este lugar es hermoso,” dijo él en voz baja, “pero tienes cosas más grandes por delante.”

Ella se levantó. “Eres igual que ellos.”

“Espera,” dijo rápido. “No quise decir eso.”

Ella dudó.

“Quiero decir que tienes un don. Eres parte de algo grande, y no te va a dejar ignorarlo. Tienes que aprender a manejarlo.”

“Pensé que dijiste que querías ayudarme.”

“Sí quiero. Con esto… y con el colegio.”

Ella suspiró, y después de un momento cedió.

Salado observaba acostado desde el baúl de arte de su abuela.

“Hay un lugar que quiero mostrarte,” dijo. “Yo no lo he visto, pero mi tía abuela me habló de él. Tenemos que ir de noche.”

“Mis padres no me van a dejar salir de noche.”

“Yo paso por ti,” dijo casualmente.

Ella levantó las cejas, con una pequeña sonrisa. “No sabia que eras del tipo rebelde.”

“Supongo que no soy el principito que pensabas,” dijo, sonriendo con una malicia graciosa.

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4. Parguito