El Cardon

La mañana siguiente, Fabián llegó temprano a casa de Marisol.

Entraron directamente a la biblioteca, retomando el ritmo de la noche anterior, y comenzaron a estudiar, hablando primero de lo que habían visto en la montaña, intentando organizarlo en ideas más claras, comparando lo que recordaban con lo que encontraban en los libros, buscando entender no solo las criaturas, sino el patrón detrás de todo aquello.

El objetivo era el mismo:

  1. Entender el pasaje del jardín.

  2. Descubrir qué era la isla.

hicieron una lista comparativa entre El Cerro Copey y la Azulita, que cosas tenian en comun y que no.

Lugares como el Copey existian al redeor del mundo, eran el corazon de pueblos, ciudades, islas y desiertos, donde las criaturas de eras pasadas, rastros de la magia en el mundo aun latiente existian en silencio.

Pero isla era distinta, lo sabían. Las criaturas no pertenecían a ese lugar. Y eso lo hacía más difícil de entender.

Llevaban ya un par de horas entre libros cuando escucharon que tocaban la puerta.

Marisol se levantó casi por reflejo, sacando su varita antes de salir de la biblioteca, recorriendo el espacio con un gesto preciso para deshacer cualquier rastro de magia activa en la casa, como siempre hacían cuando esperaban visitas normales.

Solo entonces abrió.

Era Adrián.

“¿Ya terminaste tus clases?” preguntó, apoyado en el marco de la puerta.

“Sí… más o menos,” respondió ella. “¿Por qué, quieres ir a surfear?”

“No, en realidad vengo por Fabián,” dijo él.

Marisol frunció el ceño extranada.

“¿Por Fabián? ¿Para qué?”

Adrián sonrió apenas, con ese aire de quien ya tiene un plan armado.

“Te lo voy a robar un rato. Vamos para El Cardón.”

“¿A hacer qué?”

“Despues te mando fotos” respondió él, encogiéndose de hombros. “No te preocupes.”

Entró sin esperar mucha más explicación, asomándose hacia la biblioteca.

“¡Fabián! Vamonos.”

Fabián se aferro sin querer a los lados de la silla, mirando primero a Adrián y luego a Marisol, como si no estuviera seguro de qué hacer.

Adrián le dio una palmada ligera en el hombro.

“Tranquilo. La vas a pasar bien. Marisol no esta invitada, solo chamos hoy.” Adrian Miro a Marisol sonriendo con picardia.

Fabián volvió a mirar a Marisol, todavía un poco inseguro.

Ella levantó ligeramente las cejas, dándole un gesto que era mitad permiso, mitad curiosidad.

“Ve,” le dijo.

Y se fueron.

La casa quedó en silencio otra vez.

Marisol volvió a la biblioteca por un momento, pero no logró concentrarse del todo, así que sacó el teléfono y le escribió a Charlotte.

Charlotte, Adrian acaba de secuestrar a Fabian, dice que van a El Cardon y que me manda fotos. ¿Sabes algo?

Charlotte respondió casi de inmediato.

Sí, ayer me diijo que lo queria llevar a jugar football en El Cardon con su grupito del liceo. Son chamos sanos, todo bien. Aunque si va a llevar sol y calor como nunca en su vida.

Marisol miró la pantalla un segundo más antes de dejar el teléfono a un lado.

Volvió a los libros pero se sintio un poco sin rumbo. Habia algo en Fabia que le daba estructura a sus ideas.

Ese día quedó a medias.

Y sin darse cuenta, eso fue lo que empezó a cambiar el ritmo de todo. Porque en los días siguientes, el estudio ya no fue lo único, hubo tardes en las que Fabián no llegaba directamente a la casa. A veces pasaba primero por El Cardón. A veces iba después.

Y poco a poco, ese lugar empezó a formar parte de su rutina.

Se reunían con muchachos de su edad en una cancha improvisada cerca de las casas, en un ambiente más local, donde casi todos se conocían y el ritmo era distinto, más cercano, más sencillo, lejos de los hoteles y las posadas.

Llevaban una pelota y jugaban hasta que la luz comenzaba a caer.

Al principio, Fabián no encajaba del todo, moviéndose con cierta rigidez, dudando antes de cada pase como si estuviera pensando demasiado cada movimiento, pero los demás no tardaron en incluirlo, gritándole indicaciones desde todos lados, corrigiéndolo, celebrando cada pequeño logro como si fuera suficiente.

Fabian tenia el cabello negro como la mayoria en Venezuela, pero los ojos azules mas claros que Marisol habia visto y era palido como el nacar, aunque esas facciones no venian de su papa Italiano, quien de hecho era mas oscuro que el, si no de su mama que es Andina, de Pueblo Llano, en Merida.

Todos esos anos viviendo en Europa, hablando mas ingles que espanol lo habian despojado un poco de su Venezolanidad. Los chamos del Cardon no le preguntaron, pero intuian una coneccion con el extranjero y por ahi buscaron como llamarlo.

“¡Manchester!” le gritaban desde la cancha.

El apodo se le quedó rápido, como suelen quedarse esas cosas en la isla, nacido simplemente de cómo se veía, de cómo hablaba, de algo en él que les parecía extranjero aunque ninguno pudiera explicarlo del todo.

“¡Manchester, pásala!”

“¡Dale, Manchester!”

“¡Así es nojombre!!!”

Y cuando lograba meter un gol, los gritos eran aún más fuertes, celebrándolo como si siempre hubiera sido parte del grupo.

Con las semanas, dejó de dudar tanto.

Empezó a reírse cuando fallaba. A moverse con más soltura. A responder. Y sin darse cuenta, empezó a volver. A veces incluso antes de ir a estudiar con Marisol.

“Te están absorbiendo,” le dijo una vez, medio en broma.

Él la miró sin entender.

“La isla,” añadió, encogiéndose de hombros. “Es como un agujero negro… bueno, más bien un agujero azul.”

Sonrió apenas.

“Todo lo que entra, se queda.”

Fabián soltó una pequeña risa.

“No suena tan mal.”

Marisol lo miró un segundo más.

“No lo es,” dijo. “Ese es el problema.”

Y aunque lo decía como una broma, había algo en su tono que no lo era del todo, porque en el fondo, ella sabía que tenía razón. Y también sabía lo difícil que era salir.

Entre esos días, también siguieron estudiando.

Volvían a la biblioteca, volvían al jardín, volvían a la isla.

Comparaban criaturas, buscaban patrones, intentaban entender por qué ese lugar reunía lo que no pertenecía al mismo mundo.

Marisol iba con Charlotte a ver los juegos de football,

Fabian iba temprano en la manana a verlos surfear y darle frutas a los loros.

Y poco a poco, sin darse cuenta, el verano se fue llenando de momentos, de cambios y de respuestas.

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