Alamos

Fabián no tenía teléfono, pero en lugar de pedirle el telefono prestado a Adrian para escribirle a Marisol cuando andaban jugando footbolito con sus nuevos amigos en El Cardon, se escapaba un momento al baño y evaporaba hasta su casapor uno o dos minutos antes de regresar otra vez al juego, como si ese pequeño puente entre ambos mundos fuera suficiente para mantenerla dentro de todo lo que él estaba empezando a vivir.

Marisol estaba ansiosa por desifrar el enigma de La azulita y sentía que el tiempo corría con una urgencia silenciosa, pero al mismo tiempo le alegraba verlo disfrutar, así que no insistía demasiado. Además, las máquinas se habían detenido por unos días, desde aquella noche en la isla, cuando Fabián les puso un hechizo. Parecía que los trabajadores habían intentado arreglarlas por un tiempo antes de darse cuenta de que necesitaban a un técnico, así que el trabajo quedó en pausa, y por un instante se les concedido el derecho a respirar.

Marisol había estado leyendo mucho, más de lo que solía. Le parecía contradictorio que fuera ella la que tenía la cabeza sumergida en los libros mientras Fabián pasaba las horas bajo el sol, como si de alguna manera hubieran intercambiado lugares sin proponérselo. Pero esto le importaba, la atravesaba por dentro, y a medida que pasaban las horas seguía recordando con una claridad incómoda la visión que había tenido al inicio del verano.

La isla en llamas.

No como una imagen lejana sino como algo que todavía se quemaba en alguna parte de su mente, esperando el rescate. Ahora lo sabía, no como una idea sino como una certeza que se le había instalado en el cuerpo: aquello había sido una advertencia, una posibilidad real, un futuro que podía alcanzarla si no lograba entender lo que estaba ocurriendo.

Pero ¿de verdad podían entender qué era esa isla? Había misterios mucho más simples que habían consumido la vida entera de muchos magos sin que nadie lograra descifrarlos del todo. Incluso su propio abuelo había dedicado años a perseguir respuestas que siempre parecían moverse un poco más allá de su alcance.

En ese momento Marisol sintió el peso de su ausencia con más fuerza, deseando que estuviera allí, que pudiera mirar ese lugar con los ojos que habían visto tanto, que pudiera decirle por dónde empezar o al menos confirmar que no estaba imaginando algo que la superaba.

Se quedó un rato más en la biblioteca y comenzó a hojear un álbum de fotos que descansaba sobre el escritorio de su abuelo. Se detuvo en una imagen de un grupo en un bote, donde aparecían sus abuelos junto a otras personas, todos muy jóvenes, de unos dieciocho o veinte años, suspendidos en un momento que ya no existía. En la parte delantera del bote había una mujer que parecía un poco mayor que ellos, pero de una belleza tranquila y firme, con el cabello largo y claro, algo que podía distinguir incluso en la foto en blanco y negro, y que de inmediato le recordó al de Charlotte. Marisol se quedó mirándola más tiempo del necesario, con la sensación persistente de reconocerla sin saber de dónde, como si su rostro estuviera guardado en un lugar al que todavía no podía acceder.

Su mamá estaba en su cuarto, revisando unos papeles, y Marisol se apoyó en la puerta abierta antes de entrar, levantando ligeramente el álbum.

—Mamá, mira lo que encontré.

—Ay, wow… no veía eso desde que yo era adolescente.

Se sentó a su lado en la cama y comenzaron a pasar las páginas juntas, lentamente, como si recorrieran no solo la isla sino el tiempo mismo, dejando que cada imagen abriera una pequeña ventana a algo que ya no estaba, hasta que llegaron a la foto del bote y su mamá señaló a la mujer de cabello claro.

—Mira, esta es la tía abuela de Fabián. Era bellísima.

—Sí… —respondió Marisol, cuidando que su sorpresa no se notara demasiado, aunque por dentro sintió que algo encajaba.

—¿Puedo ir a ver a Charlotte? —preguntó después de un momento.

—Claro, pero tu papá se llevó la camioneta.

—Puedo ir en bus.

Su mamá sonrió, divertida.

—Una bruja en bus… mientras no te lleves la escoba, nadie va a sospechar —dijo con ligereza—, aunque bueno, tú ni usas escoba.

—Soy bruja de mar, no necesito escoba —respondió Marisol, despidiéndose mientras salía del cuarto.

El autobus en Margarita era, para ella, más que un simple medio de transporte. Aunque sus padres no lo supieran, lo había tomado muchas veces, y siempre le había gustado observar a la gente subir y bajar, regresar de sus diligencias, conversar, discutir, reírse. También le gustaba mirar por la ventana cómo el paisaje cambiaba cada pocos minutos, con zonas más verdes, otras más secas, otras abiertas al azul, como si la isla respirara de formas distintas dependiendo del lugar.

Llegó a Pampatar y fue primero a la casa de la tía abuela de Fabián, Margarita, una mujer de más de cien años que se movía en silla de ruedas pero aun conservaba una gracia y una elegancia enigmatica, casi transparente ante el paso del tiempo, pero cuya mente permanecía clara y despierta, con una agudeza mental que no había perdido filo.

La puerta estaba abierta cuando Marisol llegó, así que entró con cuidado, dejando que sus ojos se acostumbraran a la luz más tenue del interior, hasta que escuchó su voz.

—Me alegra que por fin vinieras.

Un gato negro descansaba sobre sus piernas.

—Te estaba esperando.

Marisol tragó saliva, sintiendo un leve nudo en el pecho.

—¿Me estaba esperando?

—Casi te ahogas.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente.

—Fabián no me dijo —añadió Margarita con calma—. Él nunca te traicionaría. No conscientemente.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Te vi en una corriente que los jalaba a los dos… y en mi visión fui yo quien llegó a sacarte.

Luego levantó la mirada con más firmeza.

—¿Quién te rescató?

—Un caballo —respondió Marisol rapidamente, como si sintiera que no debia dar ni un paso en falso frente a la senora Margarita. Blanco. Creo que… es mágico. anadio dudosa.

—Alamos —susurró Margarita, como si pronunciara un nombre antiguo, y bajó la mirada hacia su mano mientras acariciaba al gato, con los ojos llenándose de lágrimas.

—¿Lo conoces? —preguntó Marisol con cuidado.

—Es muy viejo. Vino de Grecia hace mucho tiempo.

Marisol guardó silencio un momento. Que tan viejo?

Alamos es de un mundo que existio mucho, mucho antes de que esta isla tubiera nombre.

—Marisol no sabia que responder y cambio un poco el tema. Le traje café… de parte de mi abuela Salomé, desde Mérida.

—Hay gracias mi nina, me de las las gracias a tu abuela tambien. —respondió Margarita, limpiándose las lágrimas con una sonrisa leve—. Vamos a prepararlo.

Marisol fue a la cocina y comenzó a hacerlo. La casa le recordaba a la suya, pero era más oscura, más antigua, con cortinas que cubrían casi todas las ventanas, dejando entrar una luz filtrada que hacía del espacio algo fresco y contenido.

—Recuerdo a tu abuela Salomé —dijo Margarita—. Una bruja brillante, muy tímida, muy dedicada. Fabián me la recuerda.

Marisol dudó apenas un segundo antes de preguntar:

—¿Y usted cómo era cuando era joven?

Margarita la miró directamente.

—Exactamente como tú.

Luego su expresión cambió, volviéndose más seria.

—Tienes que tener cuidado, Marisol. Tu abuelo también siguió un misterio profundo que no pudo resolver… y perdió la vida intentándolo. No lo sigas hacia esa tumba azul.

Marisol bajó la mirada hacia la taza de café.

—No estoy buscando las maldiciones de Aguirre. Encontré otro lugar.

No pensaba decir tanto, pero hablar con Margarita se sentía como hablar con la isla misma. Una vez que empezo, ya no podia parar de hablar.

—Es diferente a las zonas verdes o a los pasajes de piedra. Es especial. Encontramos criaturas, pero no hay protección, no hay estructuras mágicas que lo sostengan, y las criaturas no son locales. Vienen de distintos lugares, como si hubieran llegado allí sin una razón clara.

Hizo una pausa, buscando las palabras.

—Hay un paso que conecta con mi jardín, pero no hemos encontrado otros. Creimos que quiza hay otros pasajes, por los que las criaturas se pudieron haber colado. Pero esa teoria tambien es incompleta porque muchas de las plantas y criaturas que viven alli son de otros climas, otras altitudes y sin embargo florecen, estan sanas.

Todo se siente… natural. Como si ninguna persona normal o magica ubiece alterado algo. De dia es una isleta normal y en el atardecer comienza a cambiar, todo parece un sueno. Todo es indiscriptiblemente deslumbrante y perfecto.

Margarita la observó con atención.

—¿Y necesitas entenderlo?

Marisol frunció el ceño.

—No necesito entenderlo si quiero salvarlo?

Margarita negó suavemente.

—Hay algunas cosas que si sabes. Sabes que las criaturas que viven alli son buenas?

Si, lo son, respondio Marisol.

Sabes que necesitan tu ayuda?

Si, creo que si.

—Entonces ya tienes tu respuesta. Hay muchas cosas en la vida, tanto naturales como mágicas, que no entendemos… y aun así existen, y aun así las protegemos.

Marisol no respondió de inmediato.

—Encontramos máquinas —añadió—. Una compañía extrayendo minerales.

Margarita pensó un momento.

—¿Viste a Alamos en ese lugar? —preguntó Margarita de pronto, con una emoción casi infantil.

—Sí —respondió Marisol, sonriendo—. Es hermoso. De noche es… diferente. Como un sueño. De día se ve un poco… loco.

Ambas rieron, y Margarita volvió a llorar, esta vez con alegría. Se quitó un clip del cabello, dejando caer su larga cabellera sedosa y plateada, tomó una pequeña clineja con pepitas que se escondia en ella y, con un destello de magia, la corto de su cabello. Eran las mismas pepitas en la clineja de Alamos.

—¿Podrías darle esto la próxima vez que lo veas? Margarita extendio la mano y le dio la clineja a Marisol.

—Pásala por su pelaje y se trenzará sola.

Marisol la tomó con cuidado.

Antes de irse, Margarita le señaló un libro en un estante y le dijo que lo leyera.

—Los encantos en lugares como El Copey no son suficientes para mantener a los humanos afuera.

Y que hay sobre los encantos en lugares como las escuelas magicas y las casas de ciertos magos?

Esos encantos fueron puestos alli antes de construir la estructura. Todos en Margarita saben de La Azulita. Margarita miro el libro en sus manos y a Marisol de nuevo.

Hace siglos, cuando estas islas estaban llenas de piratas, se decía que algunas islas estaban escondidas por contratos mágicos. Les decian las islas dormitorio. Los piratas escondían tesoros, vivían allí… protegidos por echizos y maldiciones que escondian las islas o las hacian mortalmente peligrosas de conseguir. Algunas historias eran mentira, pero otras no. Si no logras salvar a la isla, llevate a Alamos.

Marisol se fue caminando por Pampatar con sentimientos de alivio y de terror simultaneamente. Entendia que debian buscar, el problema era la improbabilidad de que lo consiguieran.

Marisol salió de la casa, pasó un rato por donde Charlotte, y luego tomó el bus de regreso a El Tirano, imaginando cómo sería un lugar así… una isla oculta del mundo para siempre.

Y por primera vez, sintió que quizás… para siempre sí era suficiente.

Previous
Previous

Tortuga

Next
Next

El Cardon