4. Parguito

Marisol soñó que estaba de regreso en el sendero y no tenía fin, solo palmeras y arbustos. El cielo nocturno se movía rápido, como si estuviera parada sobre una estrella fugaz, viajando por el espacio. “Tengo algo que hacer” finalmente este pensamiento logró liberarla. Se despertó antes del amanecer, sus ojos se sentían salados y cansados. Se sentó en su cama y se convenció de levantarse. Le disgustaba despertarse tan temprano, pero hoy era un día especial: desayuno de campeones y luego la competencia anual de surf de Parguito.

Se dio una ducha fría, que también le disgustaba, pero era el remedio para un comienzo flojo. Se vistió rápido, poniéndose sus shorts de jean gastados, un top suelto, agarro su bolso con trajes de baño y equipo de surf y salió de la casa justo cuando el cielo comenzaba a cambiar a ese azul oscuro antes del amanecer, los pajaritos cantan desenfrenadamente, el aire más fresco a esa hora y el sonido del mar siempre presente. Salado ya estaba desayunando con los otros gatos junto a los botes de pesca.

Mientras caminaba unos pasos fuera de su casa, vio a su papá llegando en su vieja camioneta, la que a ella le gustaba llamar el camión de papas porque parecía uno de esos camiones donde los agricultores cargan papas, el motor más ruidoso de lo necesario para esa hora de la mañana, y cuando bajo el vidrio de la ventana, dijo, “Tiempo perfecto.” Su tabla de surf ya estaba en la parte de atrás de la camioneta.

A su papá no le encantaba que pasara tanto tiempo con afitos (palabra local para personas no mágicas) pero sí aprobaba los deportes. Incluso en el mundo mágico, la salud es algo con lo que no se puede hacer trampa.

Caminó hacia la puerta del copiloto y cuando miró dentro, lo vio.

Fabian.

Estaba sentado con un morral en las piernas, luciendo ligeramente fuera de lugar, y cuando la vio le dio una sonrisa pequeña y educada y se movió más hacia su papá para que ella pudiera subirse.

“Hola Marisol.” Sonaba mucho más amable que la última vez que se habían visto. Ella pensó que probablemente era porque su papá estaba allí. Él siempre actuaba perfecto frente a los padres.

Se detuvo un segundo antes de subirse. “Hola.”

Su papá no pareció notar la tensión en su cara, o quizás decidió ignorarla, mientras volvía a incorporarse a la vía y decía, “ Fabian esta pasando las vacaciones con su abuela en Pampatar, así que le pregunté si quería un trabajo. Te va a ayudar a estudiar para la prueba desde ahora.”

“Porsupuesto” Penso Marisol, “Lo que me faltaba”.

Fabian era el tipo de persona que les gustaba a los padres. Estudiaba en el colegio en el extranjero al que ella debía ir, había ganado premios académicos, siempre le iba bien, siempre sabía lo que hacía, y la gente hablaba de él como si ya estuviera en camino a convertirse en alguien importante, y ella siempre había asumido que vendría a decirle todo lo que estaba haciendo mal.

Recordó la primera vez que lo conoció, en Glasgow, cuando sus padres habían ido a una reunión y pasaron tiempo junto a los de el, y él había sido tan compuesto y seguro de todo, hablando con palabras grandes, corrigiendo cosas pequeñas, respondiendo preguntas antes que los demás. Y la forma en la que se vestía… su papá era italiano y Fabian se vestía para demostrarlo. Siempre parecía que iba camino a la ópera. A ella le parecía tan pretencioso que un chamo de 15 años se vistiera así. Esa primavera en la que se conocieron, empezó a llamarlo Príncipe Fabian en su mente, y a veces en voz alta con su papá cuando lo comparaba con ella, con un tono que dejaba claro que no era un cumplido.

Viajaron en silencio por un momento, la camioneta avanzando despacio por las calles tranquilas, hasta que llegaron al pequeño restaurante donde todos se reunían cada año antes de la competencia en Playa Parguito, y su papá estacionó, los miró a ambos y dijo, “Diviértanse,” como si fuera algo sencillo.

Marisol se bajó primero, y Fabian la siguió. Él intentó ayudarla a bajar la tabla de la parte de atrás de la camioneta, pero ella se adelantó y dijo “yo puedo con mi tabla, pero ayúdame con esto” lanzándole una caja enorme de botellas de agua. Él tuvo dificultad cargándola. Era alto y estaba en forma, pero Marisol se dio cuenta de que nunca había escuchado que practicara algún deporte, era más conocido por sus logros académicos.

De cerca, se veía distinto a como ella lo recordaba, con una franela manga larga de protecccion UV, un sombrero gigante como si le tubiera fobia al sol y y tanto bloqueador solar que parecia una mascara China. En lugar de verse seguro como ella lo recordaba, se veía incómodo, como si no supiera qué hacer allí, y por primera vez no parecía perfecto. “Es increíble cuánto poder puede tener la ropa” pensó. Verlo en shorts y chancletas definitivamente se sentía menos intimidante.

Caminaron hacia el restaurante juntos, una típica casa caribeña rosada brillante, con unas mesas y sillas plásticas al frente y un letrero con todos los tipos de empanadas que ofrecían. Fabian miraba todo con detalle, como si acabara de aterrizar en la luna. “Eso lo pintamos el mes pasado” dijo Marisol señalando el mural en una de las paredes que llevaba el nombre del restaurante “La Cocina de Parguito”.

Marisol ya podía oler la comida desde la calle, cálida y familiar, y escuchar las voces bajas de sus amigos adentro, todavía con sueño pero ya riéndose de algo, mientras Fabian bajaba el paso al acercarse, mirando hacia el grupo y luego de vuelta hacia ella.

“¿Ellos… surfean todos los días?” preguntó.

“Casi,” dijo ella.

Él asintió, como tratando de entender algo a lo que no estaba acostumbrado.

Cuando entraron, el lugar ya estaba lleno de movimiento, la mamá de Adrián, señora Laura, trabajando detrás del mostrador, armando arepas y friendo empanadas, mientras los platos llenaban la mesa con queso guayanés, pollo mechado, cazón, caraotas y mantequilla. Platos pequeños azules con rodajas de naranja y mango adornaban la mesa. También había jugo de papaya y guayaba en los dispensadores. Fabian dio los buenos días y entro directamente a presentarse con la señora Laura.

Marisol pidió la bendición a la señora Laura, saludó a sus amigos sacandoles la lengua y se sento en la mesa. Fabian simplemente se quedó parado ahí, incómodo.

“Oh cierto, este es Fabian” dijo.

“Hola” Charlotte sonrió y le dio un pequeño saludo con la mano antes de estrecharla.

“Eeeepa, ¿qué tal?” Adrián se levanto, le dio la mano con uno de esos saludos raros de brazo entre hombres que Marisol y Charlotte siempre miraban tratando de descifrar cada movimiento. Fabian parecia mas relajado y se sento.

La señora Laura les sirvió a todos una arepa en un plato y tres a Fabian. “Tú puedes comer todo lo que quieras, ellos no pueden comer tanto hoy por la competencia”

Adrián soltó un gran aaaahhhh de decepción, “Tenemos que empezar a hacer un almuerzo de campeones en vez de desayuno de campeones todos los años”

“Y no se olviden del potasio” La senora Laura dejó una mano de cambures en el centro de la mesa.

Fabian le dio las gracias varias veces. Se sentaron con los demás, acercando las sillas, estirando las manos sobre la mesa sin pedir permiso, cada quien tomando lo que quería para rellenar su arepa, la conversación era tonta y graciosa, Fabian se quedó callado al principio, observando más que hablando, dudando un poco cuando alguien le pasaba mantequilla o queso, sus palabras cuidadosas y un poco anticuadas cuando hablaba, lo que hacía más difícil que encajara en el ritmo del grupo.

Marisol lo notó, y eso hizo que lo viera diferente, porque no estaba actuando como alguien que había venido a juzgarlos, sino como alguien intentando entender cómo estar allí. Odiaba la idea de que alguna vez le había parecido tan guapo, en Glasgow se veía elegante y serio, pero aquí parecía un vampiro tratando de esconderse del sol. Era muy pálido, así que no podía juzgarlo por usar toda esa ropa y protector solar. Miró un poco más profundo y vio que seguía siendo guapo debajo de todo eso. No es que importara, probablemente seguía siendo igual de fastidioso y pesado.

Después de un rato, cuando la conversación se dividió en partes más pequeñas y nadie estaba prestando mucha atención, Fabian se inclinó ligeramente hacia ella y habló en voz baja.

“¿Cómo vas con la tarea?”

Ella no lo miró de inmediato. “Todavía no lo he resuelto.”

Él asintió una vez, luego otra, como midiendo sus palabras. “No tienes mucho tiempo.”

“Lo sé.”

“Tienes, ¿qué?, tres meses hasta que termine el verano?” dijo en voz baja. “Y todavía tienes que estudiar el material, repasar los textos, practicar—”

“2 para entregarla,” respondió ella, un poco más cortante esta vez, manteniendo la voz baja.

Él hizo una pausa, luego bajó aún más la voz. “Solo digo que es bastante que manejar si no has empezado.”

“Sí he empezado,” dijo ella, aunque en realidad no.

Él la miró por un momento, no de forma dura, pero tampoco completamente convencido, y por un segundo la tensión entre ellos volvió, familiar y silenciosa, como habia sido antes.

“Solo… no lo dejes para después,” dijo.

Ella no respondió, y al poco tiempo alguien la llamó desde el otro lado de la mesa, rompiendo la conversación antes de que pudiera continuar.

Para cuando el cielo comenzó a aclarar, pasando de azul profundo a dorado suave, ya estaban terminando sus platos y preparándose para irse, agarrando tablas, toallas y todo lo que necesitaban antes de salir juntos hacia la playa.

Le dieron las gracias a la senora Laura, y caminaron hacia la playa de Parguito. Primero atravesaron el pueblo y luego las palmeras hasta encontrarse con el cielo azul claro y el mar que parecía unirse con el horizonte. El monte Guayamurí a la derecha, tan verde como podía estar, hacía que el día se sintiera fresco y emocionante. El sol brillaba con fuerza, sus ojos entrecerrados pero emocionados de ver la belleza infinita de la playa a esa hora. Ningún otro lugar se sentía tan vivo como Margarita en el sol de la mañana. Un grupo de loros hacía un escándalo sobre ellos, posados en un árbol. Qué suertudos, tener primera fila todos los días en este paraíso. Marisol y sus amigos comenzaron a instalarse antes de que llegara más gente. Después de unos minutos, mientras empezaban a estirarse y calentar, ella comenzó a buscar a Fabian con la mirada y finalmente lo vio de nuevo en el árbol, ofreciéndole pedazos de cambur a los loros.

Puede que se viera fuera de lugar y torpe, pero también entusiasmado y fascinado con la isla. Tal vez había cambiado. Pensó que quizá podía ser más amable con él, al final le estaban pagando por ayudarla, esta vez es fastidioso porque es su trabajo.

Marisol caminó con sus amigos hacia el agua, la tabla bajo el brazo, el sonido del mar creciendo con cada paso, y por un momento todo volvió a sentirse simple.

Solo la playa.

Solo las olas.

Solo ellos.

La playa se llenó rápido después de que entraron al agua, pura gente bella vestidos de Roxy y Billabong, música reggae flotando en el aire desde algún lugar invisible, mezclándose con el sonido de las olas y el murmullo de voces agrupándose en la orilla, donde la gente se movía entre la arena y el agua con tablas bajo el brazo, risas subiendo y bajando como la marea. No se sentía tanto como una competencia sino como una celebración, algo compartido y familiar, como si todos allí ya se entendieran sin necesidad de explicarse.

Entraron en la competencia temprano, justo cuando comenzaron a llegar las primeras olas, y las horas pasaron casi sin que ella lo notara, llevada por el ritmo del mar y el movimiento constante del agua, donde el tiempo parecía disolverse en repetición. Marisol surfeaba como siempre lo hacía, no perfecto, no cuidadoso, sino entregándose por completo a cada ola, ajustándose sobre la marcha, cayéndose sin dudar y volviendo a intentarlo, su cuerpo aprendiendo y respondiendo de formas que no se podían enseñar, solo sentir.

Amaba eso, más que cualquier cosa.

No había hechizo para eso, no había atajo, no había forma de hacer que el mar se encontrara con ella a mitad de camino, y si quería la ola, tenía que ganársela con esfuerzo y paciencia, con esa comprensión silenciosa que venía de observar, esperar y confiar en que su cuerpo respondería en el momento correcto. Tenía que remar, caer, levantarse otra vez, una y otra vez, hasta que algo se alineara, no solo afuera, sino también dentro de ella, y cuando pasaba, aunque fuera por unos segundos, se sentía como algo cercano a la magia, pero no del tipo que le habían enseñado.

Algo distinto. Algo humano.

Marisol siempre había creído que las personas normales tenían su propia forma de magia, incluso si no tenían hechizos, entrenamiento o palabras para nombrarla, porque había algo poderoso en la forma en que creaban, en la forma en que aprendían, en la forma en que seguían intentando incluso cuando algo era difícil, algo que requería esfuerzo, tiempo y decisión. A veces pensaba que ese tipo de magia era incluso más especial, porque no era algo dado. Era algo que se hacía.

Una ola la revolco y sintio miedo. Fue una fuerte.

Pudo salir y siguio moviéndose con el mar mientras sus músculos ardían y su respiración se volvía irregular, su equilibrio cambiando constantemente mientras se mantenía presente dentro del movimiento a su alrededor, solo instinto, ritmo y confianza. Cerca escucho, la risa de Charlotte cruzaba el agua cuando se caía, la voz de Martín surgía en algún punto detrás de ella, y sus miradas compartidas cuando venía una buena serie se sentían como parte de un mismo lenguaje, algo que se entendía sin palabras.

Se quedaron en el agua hasta un poco después del mediodía, lo suficiente para que el sol subiera más alto y la luz se volviera más intensa, lo suficiente para que la energía de la mañana se asentara en algo más lento, más pesado, más quieto, y fue en ese cambio, casi sin pensarlo, que Marisol finalmente miró hacia La Azulita.

En el momento en que lo hizo, algo dentro de ella se tensó.

A lo lejos, cerca de la isla, había barcos, más grandes de los que estaba acostumbrada a ver, más pesados, hechos para trabajo más que para pesca, asentados bajos en el agua mientras cargaban equipo y maquinaria que se sentía completamente fuera de lugar allí, su presencia silenciosa pero imposible de ignorar, como algo que ya había comenzado sin pedir permiso.

La sensación que siguió no fue fuerte ni brusca, pero se asentó profundo, como algo desalineado bajo la superficie de todo lo que conocía. Sin decir nada, dejó que la siguiente ola pasara bajo ella y se giró hacia la orilla, remando con una urgencia creciente que no intentó explicar, el agua soltándola poco a poco hasta que tocó la arena y se puso de pie, recogiendo sus cosas más rápido de lo que quería.

“¿Marisol?” llamó Charlotte.

Ella no se detuvo, y la falta de respuesta fue suficiente para que Charlotte y Martín se miraran antes de seguirla.

“¿Qué paso?” preguntó Adrian al alcanzarla.

Marisol caminó unos pasos más antes de detenerse y girarse hacia ellos.

“Me tengo que regresar.”

“¿A dónde?” preguntó Charlotte.

Marisol dudó solo un momento antes de responder, “¿Me prestas la patineta?”

“Sí, claro,” Charlotte sonó como si quisiera ayudar pero también con algo de miedo.

Marisol agarró su tabla y preguntó “¿Pueden llevar a Fabian de vuelta a El Tirano?”

“Sí, sí,” respondieron ambos. Fabian por un momento volvió a verse como antes, serio, con esos ojos azules intensos que parecían entenderlo todo antes de que dijeras algo. Ella intentó verse relajada y le dijo,

“Todo está bien, solo olvidé hacer algo, te veo luego en la casa para estudiar. Mi papá va a hacer almuerzo y después estudiamos.” Se montó en la tabla y se fue. Podía sentir sus miradas mientras se alejaba.

Cuando llegó a su casa, Fabian estaba sentado en la acera.

“¿Cómo hiciste…?” No terminó la frase antes de entender la respuesta.

“Adivina,” dijo él, sonando como antes.

“¿No estás muy joven para evaporarte?”

Él ignoró eso. “¿Qué está pasando?”

“No es asunto tuyo,” dijo ella entrando a la casa.

Él suspiró. “Marisol, te veías muy asustada allá. No le dijiste nada a tus amigos, lo que me hace pensar que es algo mágico, pero tampoco llamaste a tus padres, así que debe ser algo que no deberías estar haciendo.”

Ella se vio molesta y descubierta.

“Venimos de un mundo distinto al de tus amigos. Ellos son increíbles y todo, pero ¿a quién tienes cuando surgen cosas más profundas? Ni siquiera puedes empezar a contarles esto. ¿A quién tienes en el mundo mágico?”

“A mis padres.”

Él tomó su morral y sacó su teléfono. “Entonces llama a tu papá.”

Ella se quedó en silencio mirando al piso.

Él hizo una pausa y dijo más suave, “No le diré a tus papas a menos que sea realmente una emergencia.”

Ella hizo contacto visual con él por unos segundos, como sellando un acuerdo que lo ataba a estar de su lado. Él entendió y asintió.

Había crecido lejos del mundo mágico, eso era cierto. Sus padres la habían criado en la isla y en su mayoría había sido educada en casa. Incluso asistió a un kinder y a primaria normal por un tiempo, lo cual no era común en el mundo mágico.

Marisol era diferente a los otros adolecentes en el mundo magico porque normalmente, ellos estaban fascinados con la magia, con la escuela, con el misterio. Ella estaba fascinada con los humanos, con el mar y con la isla. Habia puesto la magia de lado por mucho tiempo y ahora no tenía a nadie con quien hablar de esto, mucho menos el apoyo que necesitaba para manejarlo. Fabian no era un amigo cercano y no sabía si podía confiar en que no le diría a sus padres, pero confiaba en su carácter, y por ahora, eso era suficiente.

- Ok, esta bien. Vamos.

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