4. Parguito

Marisol soñó que estaba de regreso en el sendero y que no tenía fin, solo palmeras y arbustos. El cielo nocturno se movía rápido, como si estuviera parada sobre una estrella fugaz, viajando por el espacio. Un sonido repetitivo y profundo, como un instrumento nordico que anunciaba la guerra, le estremesio los sentidos y en un isntante el mar entero se sumo a una ola enorme, como una muralla de agua azul oscura frente a ella. Cuando llego a la cuspide del terror, el sonido paso de grueso a agudo y mucho menos intimidante. “Tengo algo que hacer” finalmente este pensamiento logró liberarla, y la cancion de guerra se mezclo con la alarma del telefono. Se despertó antes del amanecer, sus ojos se sentían salados y cansados. Se sentó en su cama y se convenció de levantarse. Le disgustaba despertarse tan temprano, pero hoy era un día especial: desayuno de campeones y luego la competencia anual de surf de Parguito.

Se dio una ducha fría, que también odiaba, pero era el remedio para un comienzo flojo. Se vistió rápido, poniéndose sus shorts de jean gastados y un top amarillo. Agarro su bolso con trajes de baño y equipo de surf, y salió de la casa justo cuando el cielo comenzaba a cambiar a ese azul grisaseo antes del amanecer, los pajaritos cantan desenfrenadamente, el aire más fresco a esa hora y el sonido del mar siempre presente. Salado ya estaba desayunando con los otros gatos junto a los botes de pesca.

Mientras caminaba unos pasos fuera de su casa, vio a su papá llegando en su vieja camioneta, la que a ella le gustaba llamar el camión de papas, porque parecía uno de esos camiones donde los agricultores cargan la cocecha, el motor más ruidoso de lo necesario para esa hora de la mañana, y cuando bajo el vidrio de la ventana, dijo, “Tiempo perfecto.” Su tabla de surf ya estaba en la parte de atrás de la camioneta. A su papá no le encantaba que pasara tanto tiempo con afitos (palabra local para personas no mágicas) y sin estudiar, pero sí aprobaba los deportes. Incluso en el mundo mágico, la salud es algo en lo que no se puede hacer trampa. Y le tenia un infinito carino a Adrian y a Charlotte, hijos de vecinos, personas en las que confiaban. Caminó hacia la puerta del copiloto y cuando miró dentro, lo vio.

Fabian.

Estaba sentado con un morral en las piernas, luciendo ligeramente fuera de lugar, y cuando la vio le dio una corta sonrrisa y se movió más hacia el aciento del conductor, haciendo espacio para que ella pudiera subirse. “Hola Marisol.” Sonaba más amable que la última vez que se habían visto. Ella pensó que probablemente era porque su papá estaba allí. Él siempre actuaba perfecto frente a los padres. Se detuvo un segundo antes de subirse. “Hola.” Su papá no pareció notar la tensión en las cejas de Marisol, o quizás decidió ignorarla mientras volvía a incorporarse a la vía y decía, “ Fabian esta pasando las vacaciones con su abuela en Pampatar, así que le pregunté si quería un trabajo. Te va a ayudar a estudiar para la prueba desde ahora.” “Porsupuesto” Penso Marisol, “Lo que me faltaba”. Fabian era el tipo de persona que les gustaba a los padres. Estudiaba en el colegio en el extranjero al que ella debía ir, había ganado premios académicos, siempre le iba bien, siempre sabía lo que hacía, y la gente hablaba de él como si ya estuviera en camino a convertirse en alguien importante, y ella siempre había asumido que vendría a decirle todo lo que estaba haciendo mal.

Recordó la primera vez que lo conoció, en Glasgow, cuando sus padres habían ido a una reunión y pasaron tiempo junto a los de el, y él había sido tan compuesto y seguro de todo, hablando con palabras grandes, corrigiendo cosas pequeñas, respondiendo preguntas antes que los demás. Y la forma en la que se vestía… su papá era italiano y Fabian se vestía para demostrarlo. Siempre parecía que iba camino a la ópera. A ella le parecía tan pretencioso que un chamo de 15 años se vistiera así. Esa primavera en la que se conocieron, empezó a llamarlo Príncipe Fabian en su mente, y a veces en voz alta con su papá cuando lo comparaba con ella, con un tono que dejaba claro que no era un cumplido. Viajaron en silencio por un momento, la camioneta avanzando despacio por las calles donde “los negocios de la manana” como les decia Marisol estaban por abrir: vendedores de frutas frente a los hoteles, de flores frente al sementerio, de empanadas, frente a las paradas de autobus, decoraban con un colorido caribeno la via hasta llegar a Parguito. Carlos se estacionó, los miró a ambos y dijo, “Diviértanse,” como si fuera algo sencillo penso Marisol. Ella se bajó primero, y Fabian la siguió. Él intentó ayudarla a bajar la tabla de la parte de atrás de la camioneta, pero ella se adelantó y dijo “yo puedo con mi tabla, pero ayúdame con esto” lanzándole una caja enorme de botellas de agua. Él tuvo dificultad cargándola. Era alto y estaba en forma, pero Marisol se dio cuenta de que nunca había escuchado que practicara algún deporte, era más conocido por sus logros académicos.

De cerca, se veía distinto a como ella lo recordaba, con una franela manga larga de protecccion UV, un sombrero gigante como si le tubiera fobia al sol, y tanto bloqueador solar que parecia un panda, con esa cara tan blanca y el cabello negro sobre su frente. Alemos tenia un buen corte. En lugar de verse seguro como ella lo recordaba, se veía incómodo, como si no supiera qué hacer allí, y por primera vez no parecía perfecto. “Es increíble cuánto poder puede tener un traje” pensó. Verlo en shorts y chancletas definitivamente se sentía menos intimidante.

Caminaron hacia el restaurante juntos, una típica casa caribeña rosada neon, con unas mesas y sillas plásticas al frente y un letrero con todos los tipos de empanadas que ofrecían. Fabian miraba todo con detalle, como si acabara de aterrizar en la luna. “Eso lo pintamos el mes pasado” dijo Marisol señalando el mural en una de las paredes que llevaba el nombre del restaurante “La Cocina de Parguito”.

Marisol ya podía oler la comida desde la calle, cálida y familiar, y escuchar las voces bajas de sus amigos adentro, todavía con sueño pero ya riéndose de algo, mientras Fabian bajaba el paso al acercarse, mirando hacia el grupo y luego de vuelta hacia ella.

“¿Ellos… surfean todos los días?” preguntó.

“Casi,” dijo ella.

Él asintió, como tratando de entender algo a lo que no estaba acostumbrado.

Cuando entraron, el lugar ya estaba lleno de movimiento, la mamá de Adrián, la señora Laura, trabajando detrás del mostrador, armando arepas y friendo empanadas, mientras los platos llenaban la mesa con queso guayanés, pollo mechado, cazón, caraotas y mantequilla. Platos pequeños azules con rodajas de naranja y mango adornaban la mesa. También había jugo de papaya y guayaba en los dispensadores. Fabian dio los buenos días y entro directamente a presentarse con la señora Laura.

Marisol pidió la bendición a la señora Laura, saludó a sus amigos sacandoles la lengua y se sento en la mesa. Fabian simplemente se quedó parado ahí, incómodo.

-Oh cierto, este es Fabian. dijo Marisol.

-Hola. Charlotte sonrió y le dio un pequeño saludo con la mano antes de estrecharla.

-Eeeepa, ¿qué tal? Adrián se levanto, le dio la mano con uno de esos saludos raros de brazo entre hombres que Marisol y Charlotte siempre miraban tratando de descifrar cada movimiento. Fabian parecia mas relajado y se sento. La señora Laura les sirvió a todos una arepa en un plato y tres a Fabian. “Tú puedes comer todo lo que quieras, ellos no pueden comer tanto hoy por la competencia” Adrián soltó un gran aaaahhhh de decepción, “Tenemos que empezar a hacer un almuerzo de campeones en vez de desayuno de campeones todos los años”

-Y no se olviden del potasio. La senora Laura dejó una mano de cambures en el centro de la mesa.

Fabian le dio las gracias varias veces. Se sentaron con los demás, acercando las sillas, estirando las manos sobre la mesa sin pedir permiso, cada quien tomando lo que quería para rellenar su arepa, la conversación era tonta y graciosa, Fabian se quedó callado al principio, observando más que hablando, dudando un poco cuando alguien le pasaba mantequilla o queso, sus palabras cuidadosas y un poco anticuadas cuando hablaba, lo que hacía más difícil que encajara en el ritmo del grupo.

Marisol lo notó, y eso hizo que lo viera diferente, porque no estaba actuando como alguien que había venido a juzgarlos, sino como alguien intentando entender cómo estar allí. Odiaba la idea de que alguna vez le había parecido tan guapo, en Glasgow se veía elegante y serio, pero aquí parecía un vampiro tratando de esconderse del la luz. Era muy pálido, así que no podía juzgarlo por usar toda esa ropa y protector solar. Miró un poco más profundo y vio que seguía siendo guapo debajo de todo eso. No es que importara, probablemente seguía siendo igual de pesado.

Después de un rato, cuando la conversación se dividió en partes más pequeñas y nadie estaba prestando mucha atención, Fabian se inclinó ligeramente hacia ella y habló en voz baja.

“¿Cómo vas con la tarea?”

Ella no lo miró de inmediato. “Todavía no lo he resuelto.”

Él asintió una vez, luego otra, como midiendo sus palabras. “No tienes mucho tiempo.”

“Lo sé.”

“Tienes, ¿qué?, tres meses hasta que termine el verano?” dijo en voz baja. “Y todavía tienes que estudiar el material, repasar los textos, practicar—”

“Dos para entregarla,” respondió ella, un poco más cortante esta vez, manteniendo la voz baja.

Fabian la miro con preocupacion o repulsion, Marisol no supo como interpretar esa mirada. Los ojos azules pueden rapidamente pasar de hermosos a aterradores e intimidantes.

Tu papa me dijo que el pedido de los libros ha tardado, pero que deberian llegar hoy o manana probablemente.

Marisol cruzo los brazos. -Ya llegaron, respondio. Pero paso algo. Continuo con la mirada en el suelo.

No confiaba en Fabian para nada, pero sabia que estaba acorralada y si el no la ayudaba entonces no importaba que le dijera a sus padres.

Los libros llegaron la semana pasada, los lei un poco el primer dia y me frustre. Al dia siguiente pase por la biblioteca y apenas los vi se quemaron.

Se quemaron? Los ojos de Fabian se abrieron como dos lunas, dos faros haciendo sentir a Marisol expuesta. Como se quemaron?

Fabian pareciera entender que Marisol se sentia culpable e incomoda asi que bajo el tono y siguio con mas empatia.

Hubo fuego o simplemente se disolvieron en cenizas? Estas bien? Te quemaste? Fabian le miro las manos y brazos.

Marisol sintio que podia seguir contandole pero aun asi se le trabo la lengua, - ahh si, fuego, um no hubo cenizas, no dejo ni, no dejo marcas. Sentia que estaba siendo interrogada por la policia, no porque Fabian fuera agresivo si no porque se sentia sumamente culpable.

Deceaste que se quemaran?

-No! no… nada asi, solamente senti frustracion o rabia quizas, cuando los vi. No pense en nada, ni desee nada, solo me senti asi.

Fabian cruzo los brazos y comenzo a caminar lentamente en circulos, mirando el suelo. Lo resolveremos, finalmente dijo.

A Marisol le parecio una respuesta simple, pero se sintio aliviada de que no siguiera interrogandola.

Para cuando el cielo comenzó a aclarar, pasando de azul profundo a dorado suave, comenzaron a prepararse para irse, agarrando tablas, toallas y todo lo que necesitaban. Le dieron las gracias a la senora Laura, y caminaron hacia la playa de Parguito. Primero atravesaron el pueblo, los negocios frente a la playa y las palmeras hasta encontrarse con el cielo azul claro y el mar que parecía unirse con el horizonte. El monte Guayamurí a la derecha, tan verde como podía estar, hacía que el día se sintiera fresco y vivo. El sol brillaba como si quisiera alumbrar bien la playa para no perderse la competencia. Llegaron con los ojos entrecerrados pero emocionados de ver la belleza infinita de la playa a esa hora. Ningún otro lugar se sentía tan vivo como el sol del Caribe en la mañana. Un grupo de loros hacía un escándalo sobre ellos, posados en un árbol. Marisol y sus amigos comenzaron a instalarse antes de que llegara más gente. Mientras empezaban a estirarse y calentar, Marisol perdio la vista de Fabian y lo comenzó a buscar con la mirada, finalmente lo vio de nuevo en el árbol, ofreciéndole pedazos de cambur a las guacamayas.

Marisol sonrrio. Tal vez había cambiado. Pensó. Podía ser más amable con él, al final le estaban pagando por ayudarla, esta vez es fastidioso porque es su trabajo. Caminó con sus amigos hacia el agua, la tabla bajo el brazo, el sonido del mar creciendo con cada paso, y por un momento todo volvió a sentirse simple. Solo la arena, solo las olas, solo ellos. La Playa se llenó rápido después de que entraron al agua, pura gente bonita, chamos surfistas, chicas en trajes de banos de colores, cabas y tablas de surf repletas de calcomanias, trenzas con pepitas, dreads, gente con cabello castano y reflejos rubios, con la piel morena o dorada de tanto llevar sol. Música reggae flotando en el aire desde algún lugar invisible, mezclándose con el sonido de las olas y el murmullo de voces agrupándose en la orilla, donde la gente se movía entre la arena y el agua con tablas bajo el brazo, risas subiendo y bajando como la marea. No se sentía tanto como una competencia sino como una celebración, algo compartido y familiar, como si todos allí ya se entendieran sin necesidad de explicarse.

Entraron en la competencia temprano, justo cuando comenzaron a llegar las primeras olas, y las horas pasaron casi sin que ella lo notara, llevada por el ritmo del mar y el movimiento constante del agua, donde el tiempo parecía disolverse en repetición. Marisol surfeaba como siempre lo hacía, no perfecto, no cuidadoso, sino entregándose por completo a cada ola, ajustándose sobre la marcha, cayéndose sin dudar y volviendo a intentarlo, su cuerpo aprendiendo y respondiendo de formas que no se podían explicar, solo sentir. Amaba eso, más que cualquier cosa. No había hechizo, no había atajo, no había forma de hacer que el mar se encontrara con ella a mitad de camino, y si quería la ola, tenía que ganársela con esfuerzo y paciencia, con esa comprensión silenciosa que venía de observar, esperar y confiar en que su cuerpo respondería en el momento correcto. Tenía que remar, caer, levantarse otra vez, una y otra vez, hasta que algo se alineara, no solo afuera, sino también dentro de ella, y cuando pasaba, aunque fuera por unos segundos, se sentía como algo cercano a la magia, pero no del tipo que le habían enseñado.

Algo distinto. Algo entre la naturaleza y el cuerpo.

Marisol siempre había creído que las personas normales tenían su propia forma de magia, incluso si no tenían hechizos, entrenamiento o palabras para nombrarla, porque había algo poderoso en la forma en que creaban, en la forma en que aprendían, en la forma en que seguían intentando incluso cuando algo era difícil, algo que requería esfuerzo, tiempo y decisión. A veces pensaba que ese tipo de magia era incluso más especial, porque no era algo dado. Era algo que se ganaba con esfuerzo.

Una ola la revolco y sintio miedo. Fue una fuerte. Pudo salir y siguio moviéndose con el mar mientras sus músculos ardían y su respiración se volvía irregular, su equilibrio cambiando constantemente mientras se mantenía presente dentro del movimiento a su alrededor, solo instinto, ritmo y confianza. Cerca escucho, la risa de Charlotte cruzaba el agua despues de que se caía y resurgia, la voz de Adrian en algún punto detrás de ella, y sus miradas compartidas cuando venía una buena serie se sentían como parte de un mismo lenguaje, algo que se entendía sin palabras.

Paso toda la manana tratando de ignorar el horizonte para no ver La Azulita. Recordo cuando fueron al zoologico en la escuela les dijeron que no miraran al Leon a los ojos. Le habia costado bastante no hacerlo y sintio que alcanzo un gran logro al no hacerlo en toda la visita, pero justo antes de irse pasaron por el habitad del Leon y Marisol no pudo resistir la tentacion de mirarlo fijamente por un instante. Esta vez no fue distinto. Poco tiempo antes de que terminara el torneo miro hacia La Azulita, y pudo ver, a pesar de la distancia, barcos con maquinaria pesada postrados en la orilla, el color naranja del oxido brillando bajo el sol, su presencia silenciosa pero imposible de ignorar. Despegando de la isla, vio tambien la figura de un pegasus levantandose sobre las palmeras y la luz blanca del medio dia brillaba a travez del rojo ardiente de la cabellera de su jinete, el que en pocos segundos despues se deslizo lentamente por la espalda de Alamos, cayendo en el bacio.

Sin decir nada pero sintiendolo todo simultaneamente, Marisol dejó que la siguiente ola pasara bajo ella y se giró hacia la orilla, remando con una urgencia creciente que no intentó explicar, el agua soltándola poco a poco hasta que tocó la arena y se puso de pie, recogiendo sus cosas más rápido de lo que quería.

“¿Marisol?” llamó Charlotte.

Ella no se detuvo, y la falta de respuesta fue suficiente para que Charlotte y Martín se miraran antes de seguirla.

“¿Qué paso?” preguntó Adrian al alcanzarla.

Marisol caminó unos pasos más antes de detenerse y girarse hacia ellos.

“Me tengo que regresar.”

“¿A dónde?” preguntó Charlotte.

Marisol dudó solo un momento antes de responder, “¿Me prestas la patineta?”

“Sí, claro,” Charlotte sonó como si quisiera ayudar pero también con algo de miedo.

Marisol agarró su tabla y preguntó “¿Pueden llevar a Fabian de vuelta a El Tirano?”

“Sí, sí,” respondieron ambos. Fabian por un momento volvió a verse como antes, serio, con esos ojos azules intensos que parecían entenderlo todo antes de que dijeras algo. Ella intentó verse relajada y le dijo,

“Todo está bien, solo olvidé hacer algo, te veo luego en la casa para estudiar. Mi papá va a hacer almuerzo y después estudiamos.” Se montó en la patineta y se fue. Podía sentir sus miradas en su espalda mientras se alejaba.

Cuando llegó a su casa, Fabian estaba sentado en la acera.

“¿Cómo hiciste…?” No terminó la frase antes de entender la respuesta.

“Adivina,” dijo él, sonando pesado como antes.

“¿No estás muy joven para evaporarte?”

Él ignoró eso. “¿Qué está pasando?”

“No es asunto tuyo,” dijo ella entrando a la casa.

Él suspiró. “Marisol, te veías muy asustada allá. No le dijiste nada a tus amigos, lo que me hace pensar que es algo mágico, pero tampoco llamaste a tus padres, así que debe ser algo que no deberías estar haciendo.”

Ella se vio molesta y descubierta.

“Venimos de un mundo distinto al de tus amigos. Ellos son increíbles y todo, pero ¿a quién tienes cuando surgen cosas asi? Ni siquiera puedes empezar a contarles esto. ¿A quién tienes en el mundo mágico?”

“A mis padres.”

Él tomó su morral y sacó su teléfono. “Entonces llama a tu papá.”

Ella se quedó en silencio mirando al piso.

Él hizo una pausa y dijo más suave, “No le diré a tus papas a menos que sea realmente una emergencia.”

Ella hizo contacto visual con él por unos segundos, como sellando un acuerdo que lo ataba a estar de su lado. Él entendió y asintió.

Había crecido lejos del mundo mágico, eso era cierto. Sus padres la habían criado en la isla y en su mayoría había sido educada en casa. Incluso asistió la primaria normal por un tiempo, lo cual no era común en el mundo mágico.

Marisol era diferente a los otros adolecentes de familias magicas porque normalmente, ellos estaban fascinados con la magia, con la escuela, con el misterio. Ella estaba fascinada con la isla. Habia puesto la magia de lado por mucho tiempo y ahora no tenía a nadie con quien hablar de esto, mucho menos el apoyo que necesitaba para manejarlo. Fabian no era un amigo cercano y no sabía si podía confiar en que no le diría a sus padres, pero confiaba en su carácter, y por ahora, eso era suficiente.

- Ok, esta bien. Vamos.

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